domingo, 14 de junio de 2015



Chilló el perico y enseguida comenzó a revolotear enloquecido. Lo vio la mujer que estaba echando tortillas y dijo: Nicéforo, una culebra. Estaba enroscada en la boca del horcón y sus dibujos relucían inofensivos. El hombre dejó la hamaca donde adormilaba los pesares y echó mano al machete. La mujer adelantó su rostro oscuro como una sentencia y esperó. Come ratones, dijo el hombre. No me gustan las culebras, mátala, insistió la mujer. El hombre pensó que las culebras no eran malas al momento de puntearla con el machete. Los dibujos tomaron vida y enseguida dejaron ver el abultamiento blanquecino de la panza. Ya chingó un ratón, se complació el hombre. La mujer dejó la tortilla en el comal y se acercó a la esquina. Pobre animalito, ha de ser retefeo que te embuchen así, dijo imaginando lo que aquella piel relumbrosa cubría. Nos están chingando el maíz, dijo el hombre justo cuando la mujer dio un par de saltos para voltear la tortilla que ya se estaba quemando sobre el comal. Si la dejamos va a corretear a los ratones, añadió el hombre. Déjala, pues, pájaro jamás dejó del todo aquellos chillidos histéricos –a veces incluso lo hacía en plena noche–, se tuvo que acostumbrar al astuto y silencioso deambular del nuevo huésped.

Lo peor era aquel olor infernal que desprendían los desechos de los ratones que comía. A la mujer, que fue la primera en distinguir la fetidez, aquel rezume de mortandad terminó de quitarle el poco apetito que de por sí ya tenía. Era igual el miedo que el asco. Pero a diferencia del hombre, que trataba de reparar lo mínimo en los detalles domésticos, la mujer había descubierto una satisfacción extraña en observar la entrada de la culebra en los agujeros y seguir con la imaginación su desplazamiento hasta el momento en que descubría al ratón al fondo de la madriguera.

Una vez, al escarbar un hueco para un horcón, habían encontrado un nido con una ratona y cinco crías. El hombre mató con la pala a la ratona, pero la mujer no permitió que tocara a las crías. Las agarró con el mismo cuidado con que lo hacía con los periquitos y cotorritos que su hombre le traía de los nidos antes de que fuera cuidador de la reserva, y los puso en una jícara sobre un lecho de hierbajos. A la mañana siguiente la jícara estaba tirada en el suelo y los hierbajos esparcidos.

La mujer dejó de lamentarse cuando el hombre le enseñó medio cuerpecito mordisqueado y con las tripas de fuera. El hombre nada más dijo: fue otro ratón, y salió a tirar el trocito de carne tierna por la bajada. Ni la culebra ni la pestilencia de sus heces daban para tanto. Sin embargo, esa imagen de la ratona con los ratoncitos arrinconados sin remedio frente a la cabeza siniestra de la culebra, le producía a la mujer una placidez tan maliciosa que a veces se quedaba embobada durante toda una hora mientras esperaba a que la culebra saliera con el bulto en la panza.

Y cómo se envició la culebra. La mujer todavía no terminaba de entender por qué los animales cambiaban tanto cuando vivían con la gente. Hacía poco tiempo había criado algunas gallinas y entre ellas logró crecer dos polluelos de chachalaca que fueron como una pesadilla.

De vivir solo, el hombre no hubiera dejado que la culebra comiera todos los ratones. Tenía un encariñamiento con los animales que era extrañísimo entre los campesinos de Samahua. Y no sólo había dejado de matar animales de monte, sino que se molestaba cuando alguien que iba con él insistía en que matase una serpiente o diese un palmazo con el machete a un panal de avispas.

En su respeto a la vida circundante llegaba incluso al extremo de agarrar por la punta de la cola a los alacranes que encontraba adentro de la casa para soltarlos en el monte, mientras su mujer le pedía que los echase a las brasas. Y por eso es que había pensado que los ratones eran una buena excusa para no tener que darle un machetazo a la culebra, que es lo que su mujer le exigía.

Aunque no todo era respeto y simpatía, había también mucho de desidia. A veces, cuando las pulgas, hormigas o garrapatas proliferaban en la casa, la mujer se cansaba de pedirle al hombre que cuando fuera al pueblo le trajera polvo de folidol; hasta que por último, al no soportar ya la rascadera, ella misma iba a buscar aquel polvo maloliente y venenosísimo y regaba todo el piso de la cocina y del cuartucho donde dormían.

A decir verdad, lo único que al hombre le disgustaba de los animales era que tuvieran el mismo vicio de la gente, y que cuanto más tenían más querían. Los ratones, por ejemplo, al principio rompieron una esquina de una costalilla de maíz para comer lo necesario; pero poco a poco fueron rompiendo aquí y allá hasta que la tirazón de los granos se veía por todos lados. Y lo mismo pasó con la culebra, empezó a comer más y más ratones y a soltar sus detritos pestilentes donde le venía en gana. Entonces la mujer se dispuso a poner un alto y dijo: Prefiero la regazón de maíz que esa mierda hedionda por todos lados. El hombre no dijo nada, ni siquiera abrió los ojos mientras se mecía en la hamaca; pero vio claramente el final.

Una mañana la culebra amaneció sin bulto en la panza, y en vez de estarse echada en el horcón como solía, anduvo de aquí para allá alborotando con su cercanía al perico. Al día siguiente, al verla aun más avivada y movida, el hombre fue a ver las costalillas de maíz y supo al instante lo que significaba que ya no hubiera más granos esparcidos. Esa tarde subieron de bañarse en el pozo con la oscuridad, cenaron en silencio y enseguida se durmieron.

El hombre se levantó antes de que amaneciera. Había dormido con el regusto del pescado frito en la boca y bajó como un autómata hacia la playa con la bolsa donde guardaba sus implementos de pesca. La mujer salió a orinar aún adormilada y después se lavó la cara y se peinó. Luego prendió la lumbre con desgana, malhumorada por un sueño que no podía recordar a pesar del mal sabor que le había dejado. Puso el agua del café sobre la lumbre y fue a lavar el nixtamal para la molienda. Cuanto más se esforzaba por recordar el maldito sueño, más se le escapaba; y así estuvo como ida durante casi dos horas, cuando al oír un llamado desde la playa tuvo un sobresalto y se dio cuenta de que la culebra no estaba.

El hombre volvió a gritar. Seguramente quería que le bajara la atarraya, pensó mientras le daba vueltas a la tortilla que humeaba en el comal. Lamentó que no estuviera su hijo menor para llevársela, y luego fue corriendo hacia la parte trasera y vio la mancha diminuta haciendo gestos de tender la atarraya sobre la arena. Le gritó que ya iba, y fue a recoger la atarraya que estaba colgada cerca de la jaula. Lo que vio entonces fue como si de pronto el sueño se le hubiera revelado: adentro de la jaula la culebra estaba plácidamente enroscada y con un bulto llenándole de nuevo la mancha blanquecina de la panza. Abrió la boca de pasmo y enseguida se la tapó con la mano, fija la imagen en silencio como si temiera ser alcanzada por un maleficio.

El hombre vio la atarraya y la jaula. Primero cogió la atarraya y la metió dentro de un morral. El hombre volvió a gritar y ella maldijo por lo bajo. Dio un último acomodo a los leños para avivar la lumbre y, ya con el morral al hombro, bajó de un jalón la jaula y la dejó justo en el centro del comal. Después bajó a la carrera.


Fuente:
Zoomorfias / Leonardo da Jandra. -- 1a ed. -- Oaxaca de Juárez, Oax. : Almadía, 2009.

Imagen:
La criolla del rebozo de Saturnino Herrán. Pintura. México, 1916.

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