domingo, 20 de noviembre de 2016

    Va corriendo tu vida, hijo mío, en la sucesión de formas sin forma de la vida. Vives hoy más exteriormente que nunca; no vives para ti, no eres tú mismo. He aquí el origen de la desazón  que sientes cuando, una que otra vez, vuelves a ti y te piensas con lealtad de hombre capaz de pureza y de sinceridad, a pesar de tu insinceridad y tu impureza habituales. Antes, ni el amor de las mujeres llamaba a tu soledad, no te rodeaba el respeto de los otros, ni tenías oro sonante en tu bolsa; pero, en cambio, te poseías a ti mismo, y eras más rico entonces, más feliz y más fuerte. Hoy vives para los demás, y poco, muy poco para ti, por eso no te posees a tu mismo y casi no vives. Piensa que mañana -mañana es casi hoy- dejarás de ser. Dejar de ser habiendo sido espiritualmente algo, es ser siempre. Todo valor moral se conserva indeficientemente en las tablas de diamante de Dios; pero dejar de ser no habiendo sido nunca, eso es, puntualmente: ser nadie, nada, en suma. Cada existencia es un centro de acción que lucha por conservarse sin disolverse. Nació el hombre para su perfeccionamiento indefinido y constante. Yo no sé, ni nadie sabrá nunca, hijo mío, por qué existe el mundo; pero es fácil saber para que existe. Las causas eficientes de la humanidad yacen ocultas en la espesa tiniebla divina; mas, las causas finales, radican en cada hombre. El mundo existe para el perfeccionamiento de cada existencia humana individual. Si se supone que tiene otro fin diverso nuestra vida, si, realmente lo tienen (casi en absoluto y siempre arcana), se puede y debe sin embargo, obrar como si, en verdad, supiéramos que la existencia se propuso nuestro perfeccionamiento individual . Aun cuando nos equivoquemos totalmente, habremos vivido más dueños de nuestros actos, en nuestra verdad práctica suprema, que es la única que podemos alcanzar sin salir de nosotros.
    Vuelve, pues, a ti, hijo mío; la mejor delectación de tu espíritu es tu propio espíritu. Tu jardín interior tiene muchas bellas flores que podrás cortar para tu recreo , y ya muro que aroma los frutos de tu huerto: flores y frutos que te llenarán de paz y dulce hartura. Vuelve a ti, sé tu mejor tesoro. El mundo es la gran ilusión concomitante a tu realidad espiritual: es uno de los aspectos de tu espíritu. Saliste ya a la vida y sólo hallaste en ella motivos suficientes para creer que nada hay más grande que tu propia conciencia. Retorna a tu esencia espiritual y no morirás nunca.

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