domingo, 7 de abril de 2013



Ha silbado una ráfaga de música.
Desciende el aire
de la negra montaña tempestuosa.
Tropieza en la esbeltez de tu blancura
como topa la luz, allá en la plaza,
en la amarilla catedral de aceite
que, lenta, se consume
cediendo a los dominios de la estrella
su estatura de llama endurecida.
Te hace sonar el aire:
eres su flauta.
Te agradece los ojos plenilunios.
Imprime un ritmo pendular al brazo
con que cortas la línea de tu marcha
y en nobles giros de cristal te ajustas
a frenos de pedales y sordinas.
Te ahoga la sonrisa inescrutable
en un sabor de té que se azucara
poco a poco en la pulpa de tus labios
y te erige, por fin, sonora estatua,
en el rigor de un martinete insomne
que bate en mis arterias
y que habrá de batir -¡ay, hasta cuándo,
mira el amor lo mucho que me duele!-
un delirio de alas prisioneras.
Detrás de tu figura
que la ventana intenta retener a veces,
la entristecida Bogotá se arropa
en un tenue plumaje de llovizna.
He aquí los hechos.
En la virtud de su mentira cierta,
transido por el humo de su engaño,
he aquí mi voz
en medio de la ruina y los discursos,
mi oscura voz de silbos cautelosos
que vuelta toda claridad.
Me has herido en la flor de mi silencio.
la que brota de él, sangre es del aire
¡Tómala tú!
¡Ténla en tu ser de caña dúctil al sonido!
Es un grumo, no más, de poesía
para cantar el salmo de tus bodas.

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