sábado, 6 de abril de 2013




Aborrecía el conde a cierto barón alemán, forastero en Roma. Las razones de este aborrecimiento no importan; pero como tenía el firme propósito de vengarse, con un mínimo de peligro, las mantuvo secretas aun del barón. En verdad, tal es la primera ley de la venganza, ya que el odio revelado es odio impotente. El conde era curioso e inquisitivo; tenía algo de artista; todo lo ejecutaba con una perfección exacta que se extendía no sólo a los medios o instrumentos. Cabalgaba un día por las afueras y llegó a un camino borrado
que se perdía en los pantanos que circundaban a Roma. A la derecha había una antigua tumba romana; a la izquierda, una casa abandonada entre un jardín de siemprevivas. Ese camino lo condujo a un campo de ruinas, en cuyo centro, en el declive de una colina, vio una puerta abierta y, no lejos, un solitario pino atrofiado, no mayor que un arbusto. El sitio era desierto y secreto; el conde presintió que algo favorable acechaba en la soledad; ató el caballo al pino, encendió la luz con el yesquero y penetró en la colina. La puerta daba a un corredor de construcción romana; este corredor, a unos veinte pasos, se bifurcaba. El conde tomó por la derecha y llegó tanteando en la oscuridad a una especie de barrera, que iba de un muro a otro. Adelantando el pie, encontró un borde de piedra pulida, y luego el vacío. Interesado, juntó unas ramas secas y encendió un fuego. Frente a él había un profundísimo pozo; sin duda algún labriego, que lo había usado para sacar agua, puso la barrera. El conde se apoyó en la baranda y miró el pozo, largamente. Era una obra romana y, como todas las de este pueblo, parecía construida para la eternidad. Sus paredes eran lisas y verticales, el desdichado que cayera en el fondo no tendría salvación. Un impulso me trajo a este lugar, pensaba el conde. ¿Con qué fin? ¿Qué he logrado? ¿Por qué he sido enviado a mirar en este pozo? La baranda cedió, el conde estuvo a punto de caer. Saltó hacia atrás para salvarse, y apagó con el pie las últimas brasas del fuego. ¿He sido enviado aquí para morir?, dijo con temblor. Tuvo una inspiración. 
Se arrastró hasta el borde del pozo y levantó el brazo, tanteando; dos postes habían sostenido la baranda; ahora, esta pendía de una de ellos. El conde la repuso de bodoque cediera al primer apoyo. Salió a la luz del día, como un enfermo. 
Al otro día, mientras paseaba con el barón, se mostró preocupado. Interrogado por el barón, admitió finalmente que la había deprimido un extraño sueño. Quería interesar al barón –hombre supersticioso que fingía desdeñarlas supersticiones- El conde, instado por su amigo, le dijo bruscamente que se precaviera, porque había soñado con él. Por supuesto, el barón no descansó hasta que le contaron el sueño. 

-Presiento- dijo el conde con aparente desgano- que este relato será infausto; algo me lo dice. Pero, si para ninguno de los dos puede haber paz hasta que usted lo oiga, cargue usted con la culpa. Este era el sueño. Lo vi a usted cabalgando, no sé donde, pero debe de haber sido cerca de Roma; de un lado había una tumba, del otro un jardín de siemprevivas. Yo le gritaba, le volvía a gritar que no prosiguiera, en una suerte de éxtasis de terror. Ignoro si usted me oyó, porque siguió adelante. El sendero le llevó a un lugar desierto entre las ruinas, donde había una puerta en una ladera y, cerca de la puerta, un pino deforme. Usted se apeó (a pesar de mis súplicas), ató el caballo al pino, abrió la puerta y entró resueltamente. Adentro estaba oscuro, pero en el sueño yo seguía viéndolo y rogándole que volviera. Usted siguió el muro de la derecha, dobló otra vez por la derecha y llegó a una cámara, en la que había un pozo y una baranda. Entonces no sé porque, mi alarma creció, y volví a gritarle que aún era tiempo y que abandonará ese vestíbulo. Esa fue la palabra que usé en el sueño, y entonces le atribuí un sentido preciso; pero ahora despierto, no sé lo que significaba para mi. No escuchó usted mi súplica: se apoyó en la baranda y miró largamente el agua del pozo. Entonces le comunicaron algo. No creo haber sabido lo que era, pero el pavor me arrancó del sueño, y me desperté llorando y temblando. Y ahora le agradezco de corazón haber insistido. Este sueño estaba oprimiéndome, y ahora, que lo he contado ala luz del día, me parece trivial.

-Quien sabe –dijo el barón-. Tienen algunos detalles extraños. ¿Me comunicaron algo, dijo usted? Si, es un sueño raro. Divertirá a nuestros amigos.

-No sé –dijo el conde-. Estoy casi arrepentido. Olvidémoslo. 

-De acuerdo –dijo el barón.

No hablaron más de sueño. A los pocos días el conde la invitó a salir a caballo; el otro aceptó. Al regresar a Roma el conde sofrenó el caballo, se tapó los ojos y dio un grito.

-¿Qué pasa? –dijo el barón.

-Nada –gritó el conde-. No es nada. Volvamos pronto a Roma.

Pero e barón había mirado a su alrededor y, a mano izquierda, vio un borroso camino con una tumba y con un jardín de siemprevivas. 

-Si –contestó con la voz cambiada-. Volvamos a Roma inmediatamente. Temo que usted se halle indispuesto

-Por favor –gritó el conde-. Volvamos a Roma, quiero acostarme.

Regresaron en silencio. El conde, que había sido invitado a una fiesta, se acostó, alegando que tenía fiebre. Al día siguiente había desaparecido el barón; alguien halló su caballo atado al pino. ¿Fue este un asesinato? 




Fuente:
Los mejores cuentos policiales Vol II / Selección de Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges. 1a ed. Madrid: Alianza; Emece. 2002

Imagen:
Robert Louis Stevenson retrato de Percy Shelley. Dibujo. Inglaterra, 1885.
Cortesía de la "Biblioteca Beinecke de libros raros y manuscritos" de la Universidad de Yale.

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