viernes, 20 de septiembre de 2013



[Su hipótesis es] imposible, pero no interesante –respondió
Lönnrot–. Usted replicará que la realidad no tiene
la menor obligación de ser interesante. Yo te replicaré
que la realidad puede prescindir de esa obligación,
pero no la hipótesis.

Jorge Luis Borges
“La muerte y la brújula”, 1942

Aspira sin poseer, construir sin trepar a la cima, saber sin exigir la posesión exclusiva del conocimiento, son todas expresiones diferentes de una antigua dicotomía: la de la razón contra la fuerza, o, según un lugar común medieval, la batalla entre las armas y las letras. Quizá la versión más inquietante de este enfrentamiento fue la que compuso a principios del siglo XVII un hombre fatigado que, en su juventud, había pasado cinco largos años como prisionero de los piratas de Argel y, finalmente, había regresado a su España natal, donde, con moderado éxito, había escrito obras teatrales, relatos y poemas, y luego, a los cincuenta y ocho años, en la celda a la que había sido condenado por razones todavía dudosas, había soñado a un viejo caballero empobrecido, aficionado a los libros de caballería, que un día decide convertirse en caballero andante. Antes soldado, ahora escritor, consciente de las tribulaciones que ocasionan ambas profesiones, Miguel de Cervantes puso en boca de Don Quijote dos discursos en los que el caballero compara los méritos de las letras con los de las armas. Dirigiéndose a un grupo de cabreros, observa que en los días idílicos de antaño, el uso de la fuerza no había sido necesario.

“¡Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quién los antiguos pusieron el nombre de dorados”, dice Don Quijote a su audiencia, que le escucha embobada “y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban dos palabras de tuyo y mío!”. En esa Edad de Oro, “todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia”; no había necesidad de caballeros andantes puesto que no existían ni las riñas ni la injusticia. Pero ahora, “en estos nuestros detestables siglos”, nada ni nadie están seguros, por lo que, para combatir la maldad se instituyó la orden de caballería. Las buenas palabras y los bellos pensamientos ya no son suficientes; ahora son armas y fuerzas físicas para “defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos”. Sin transición, la alabanza de Don Quijote a la caballería se convierte en una alabanza de la guerra: el verdadero propósito de ésta, explica Don Quijote, es traer la paz de Cristo a la tierra, ya que las letras exigen armas para proteger las leyes que ellas escriben. Esta inquietante justificación se hace eco de otras más antiguas que Cervantes, sin duda, conocía.Los libros de Don Quijote
[Su hipótesis es] imposible, pero no interesante –respondió
Lönnrot–. Usted replicará que la realidad no tiene
la menor obligación de ser interesante. Yo te replicaré
que la realidad puede prescindir de esa obligación,
pero no la hipótesis.

Jorge Luis Borges
“La muerte y la brújula”, 1942

Aspira sin poseer, construir sin trepar a la cima, saber sin exigir la posesión exclusiva del conocimiento, son todas expresiones diferentes de una antigua dicotomía: la de la razón contra la fuerza, o, según un lugar común medieval, la batalla entre las armas y las letras. Quizá la versión más inquietante de este enfrentamiento fue la que compuso a principios del siglo XVII un hombre fatigado que, en su juventud, había pasado cinco largos años como prisionero de los piratas de Argel y, finalmente, había regresado a su España natal, donde, con moderado éxito, había escrito obras teatrales, relatos y poemas, y luego, a los cincuenta y ocho años, en la celda a la que había sido condenado por razones todavía dudosas, había soñado a un viejo caballero empobrecido, aficionado a los libros de caballería, que un día decide convertirse en caballero andante. Antes soldado, ahora escritor, consciente de las tribulaciones que ocasionan ambas profesiones, Miguel de Cervantes puso en boca de Don Quijote dos discursos en los que el caballero compara los méritos de las letras con los de las armas. Dirigiéndose a un grupo de cabreros, observa que en los días idílicos de antaño, el uso de la fuerza no había sido necesario.
“¡Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quién los antiguos pusieron el nombre de dorados”, dice Don Quijote a su audiencia, que le escucha embobada “y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban dos palabras de tuyo y mío!”. En esa Edad de Oro, “todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia”; no había necesidad de caballeros andantes puesto que no existían ni las riñas ni la injusticia. Pero ahora, “en estos nuestros detestables siglos”, nada ni nadie están seguros, por lo que, para combatir la maldad se instituyó la orden de caballería. Las buenas palabras y los bellos pensamientos ya no son suficientes; ahora son armas y fuerzas físicas para “defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos”. Sin transición, la alabanza de Don Quijote a la caballería se convierte en una alabanza de la guerra: el verdadero propósito de ésta, explica Don Quijote, es traer la paz de Cristo a la tierra, ya que las letras exigen armas para proteger las leyes que ellas escriben. Esta inquietante justificación se hace eco de otras más antiguas que Cervantes, sin duda, conocía.



Fuente:
La ciudad de las palabras / Alberto Manguel. 1a ed. México: Almadia, 2010

Imagen:
Don quijote  de Salvador Dali. Dibujo. España, 1981?

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