viernes, 15 de noviembre de 2013


La ninfa Eco, dicen, fue la primera que ocultó sus veleidades culpables tras esta elusiva artimaña. Seducida por la brutalidad tímida de Hefesto, no le fueron extraños los jadeos satisfechos del dios y se abominó al notar que, al repetirlos, se encrespaban sus senos y el sexo se le turbaba de humedades. Dejó las cavernas sórdidas, cruzadas de ríos petrificados, con la promesa del silencio. Cuando el vientre comenzó a delatar su arrogancia vencida, llamó a Hefesto y le exigió la tarea. Él, cojeando, trituró piedras entre las manos, observando el residuo diminuto en el tamiz del aire. Bajo el cielo de la cueva encontró una veta rojiza de cinabrio, la golpeó, arrancándole esquirlas y lascas agresivas. Las demolió en las palmas incendiadas y del vapor insoportable brotó una lluvia helada que copió las formas de la ninfa encinta. A partir de entonces nadie la puede ver, cubierta como está por las olas miméticas del mercurio. Muy pocos se percatan de que los espejos no son sino la forma corporal del eco y que tras ellos se agazapa la primera infracción de la intimidad.




Fuente:
Minerología para intrusos / Ernesto de la Peña. 1a ed. México: CONACULTA, 1992

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