sábado, 18 de octubre de 2014


Detrás de cada lápida yace un hombre-semilla;
detrás de cada nombre se congela una vida.
Pero se ignoran muertos, uno al otro;
vecinos involuntarios,
hacinados, erectos en sus criptas
como antes lo estuvieron sobre la tierra
sin conocerse ni cruza sus miradas.

¡Con qué ansiedad aguardan
a que abramos las tapas de su ataúd!
¡A que nuestro escalpelo
hienda su carne blanca,
vuelva sus pétalos,
descifre el mudo grito de sus palabras!

Y esos hombres ¿dejaron lo mejor de sí mismos
en el sudario que los rescata?
Envueltos en silencio,
alejados del mundo;
incapaces de hacerlo con azada ni espada,
se asieron de una pluma.

Era su forma resignada o cobarde
de llenar el minuto vacío de sus vidas;
de sangrar las palabras atadas en su lengua;
de mirarse sin asco en el espejo
que la tinta opacaba.

Desesperado intento de perdurar, clavados
cadáveres de insectos;
de no sentirse inútiles ni solos
una tarde, una noche, una hora como esta.

De aguardar, de entregarse,
de florecer sin fruto;
de confiar la certeza de su muerte
al azar de otra vida
que en soledad tendiera ¡alguna vez! las manos y los ojos
a sorber su veneno para enjugar el suyo.

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