lunes, 4 de febrero de 2013




A José Gorostiza
Alzo mi rosa, pero no por mía
ni por única, azul, sino por rosa.

Me fuese ajena, no sufriese prora
vaga en mis mares íntimos su espina;

cantasen sus hermanas todavía
en mi jardín destartalado; bocas
sin mi elección midiérapla católica,
por rosa, enigma y luz, la elevaría.


Muchos me dicen que no
¡Quién lo sabe mejor que yo!

Pues corrí, no alcancé sino su sombra
o en mi prisa creía que la alcanzaba,
o soñé que corría tras su forma.

En Sinaloa no me vieron niño
y sí me hallaron teólogo en Toluca,
y sí decían: vedle ya tan lóbrego
y apenas tiene quince,
y sí decían: cien paisajes nuevos
cómo le lavarían la sonrisa.

Védmela aquí, de pan recién partido
sobre la mesa de los siete lustros,
pero mi sueño, ay, de aquella sombra
todavía me alarga la vigilia.

La luz se vino hoy tan desnuda,
disfrazada de sólo luz.
Sin sol, o nube, o luna, o aire,
monda y lironda luz.

No de la lumbre y su pasión espesa,
ni de los dientes de la dicha, ni
de la aurora y su escándalo de frases:
hoy la luz vino de la luz.

Tan dura, y se deshace entre mis dedos,
no me ensordece su fulgor
y apenas si me hiere su reposo.
¡No iluminada y luminosa luz!

Tan largo viaje por el cielo
y no saber a azul,
y tanto andarse por las ramas
y no oler a nada mi luz.

Y haberse caído a mis ojos
sin pintarse de sal.
Y andar tan ágil por mi alma
mi nictálope luz.


Me vería hacia afuera, pero adentro
este vacío no me deja hallarme.

Hubiera algo, con luz o a oscuras lo vería,
fuese sólo una sombra soñada en las arenas,
que cayese la noche en su desierto,

o que fuese la noche sin nadie y sin desierto,
con un poco de aire para hacer las distancias,
o que fuese la noche con un poco de nada,
pero es la nada sola y desolada.

Este aire, pues llegó tan terso,
vendría de rodear la piel
del sueño no soñado. (Porque
los otros no los cuento ya.)

Estaba pensil de una rama
y estaba maduro y no lo mordí.
(Al mediodía, dije, cuando el árbol
sea menos alto que mi sed.
Y bien sabía el bosque prestímano
que no iba a encontrarlo después.)




Fuente:
Gilberto Owen: el infierno perdido / Gilberto Owen; ordenación y prólogo de Mario Schneider. 1a ed. México: UNAM, Coodinación de Difusión Cultural, Dirección de Literatura, 2008

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