sábado, 2 de marzo de 2013




Su biografía resume la existencia de la sociedad sertaneja Esclarece el concepto etiológico de la enfermedad que lo abatió. La delinearemos brevemente. "Los Maciéis que formaban, en los sertones entre Quixeramobim y Tamboril, una familia numerosa de hombres sanos, ágiles, inteligentes y bravos, que vivían como vaqueros y pequeños hacendados, cayeron, por ley fatal de los tiempos, en una guerra de familias, conformando uno de los grandes hechos criminales de Ceará. Sus adversarios fueron los Araújos, que constituían una familia rica, emparentada con otras de antigua raigambre en el norte de la Provincia.

"Vivían en la misma región, teniendo como sede principal la aldea de Boa Viagem que queda a unas diez leguas de Quixeramobim. "Fue una de las luchas más sangrientas de los sertones de Ceará, la trabada entre estos dos grupos de hombres, desiguales en su fortuna y posición oficial, pero embrutecidos ambos en la práctica de la violencia e igualmente numerosos”.

Así comienza el narrador escrupuloso 1 su breve noticia sobre la genealogía de Antonio Conselheiro.

Los hechos criminales que refiere no son más que episodios casi permanentes de la vida turbulenta de los sertones. Parecidos a otros mil que muestran con evidencia la prepotencia sin freno de los patrones de las aldeas y la pecaminosa explotación a que someten a la bravura instintiva del sertanejo. Las luchas de familias no son más que una variante de las otras y se caracterizan por ser interminables, comprometiendo a la descendencia en las desavenencias de los abuelos, creando casi una predisposición fisiológica hereditaria al rencor y a las venganzas.

Surgió de un incidente mínimo: pretendidos robos cometidos por los Maciéis en una propiedad de los Araújo.

Todo indicaba que aquéllos eran víctimas de una acusación indebida. Eran "hombres vigorosos, simpáticos, bien presentados, serviciales” y gozaban en los alrededores de una reputación envidiable.

Araujo da Costa y un pariente suyo, Silvestre Rodrigues Veras, no vieron con buenos ojos que una familia pobre tuviera una reputación como la de ellos, sin asentarla en vastos latifundios y cantidades de ganado. Hacendados opulentos, señores de látigo y cuchillo, acostumbrados a hacer justicia por mano propia, se concertaron para un ejemplar castigo a los delincuentes. Y como éstos eran bravos hasta la temeridad, llamaron en su ayuda a la guardia pretoriana de los capangas.

Así preparados, marcharon en expedición criminal hacia Quixeramobim.

Pero, contrariando la expectativa general, poco después volvieron derrotados. Los Maciéis, reunida toda la parentela, muchachos sin miedo y corajudos, habían enfrentado a la banda asalariada, y la habían rechazado,
haciéndola huir. El hecho ocurrió en 1833.

Derrotados, rabiando y encolerizados, los potentados cuya imbécil prepotencia había recibido tan duro trato, apelaron a recursos más enérgicos. No faltaban entonces, como no faltan hoy, facinerosos afamados que vendían su valentía. Consiguieron a dos de los mejores: José Joaquim de Meneses, pernambucano, célebre por su rivalidad sangrienta con los Mouróes famosos y un terrible cangaceiro, Vicente Lopes, de Aracatiagu. A ellos se unieron los hijos y yernos de Silvestre y acometieron su criminal empresa.

Al acercarse a la vivienda de los Maciéis, los sicarios —aunque eran más numerosos— temieron la resistencia. Les pidieron que se entregaran ofreciéndoles, bajo palabra, la garantía de la vida. Los Maciéis, sabiendo que no podrían resistir durante mucho tiempo, aceptaron. Se rindieron. La palabra de honor de los bandidos tuvo el valor que debía tener. Hacían bajo escolta el camino a la cárcel de Sobral, cuando fueron asesinados. Corría el primer día de viaje. En esta ocasión mueren, entre otros, el jefe de la familia, Antonio Maciel y un abuelo de Antonio Conselheiro2. Pero un tío de éste, Miguel Carlos, consigue escapar. Maniatado y con las piernas atadas por abajo a la barriga del caballo que montaba, su fuga es inexplicable. Sin embargo, la afirma el cronista escrupuloso3 . Ahora bien, los Araújos habían dejado escapar a su peor enemigo. Lo persiguieron. Bien armados, bien montados, en cacería bárbara, siguieron sus rastros como si fueran los de una suguarana bravia. Pero el forajido, gran conocedor de los montes, seguido en su fuga por una hermana, pudo eludir durante algún tiempo la persecución comandada por Pedro Martins Veras. En el sitio de "Passagem”, cerca de Quixeramobim se ocultó, exhausto, en un rancho abandonado cubierto de ramas de oiticica. Ahí llegaron, a poco tiempo, los que le seguían el rastro. Eran las nueve de la mañana. Libraron una refriega tremenda y desigual. El sertanejo temerario, aunque herido y con un pie lujado, enfrentó a la horda abatiendo pronto a un tal Teotonio, que se había adelantado a los demás. Este cayó transversalmente ante la puerta impidiendo que se pudiera cerrar. La hermana de Miguel Carlos trató de sacarlo de allí y cayó atravesada por una bala. Había hecho blanco el mismo Pedro Veras quien pagó en seguida su hazaña recibiendo a quemarropa una descarga de plomo. Muerto el jefe, los agresores retrocedieron lo suficiente como para que el sitiado pudiese cerrar la puerta. Hecho esto, el rancho se
convirtió en una fortaleza. Por las rendijas de las paredes estallaba a cada minuto un tiro de espingarda. Los bandidos no se atrevieron al asalto pero fueron de una cobardía atroz. Arrojaron fuego sobre el techo
de ramas.

El efecto fue instantáneo. No pudiendo respirar ahí adentro, Miguel Carlos resuelve salir. Arroja toda el agua de un balde sobre el fondo del rancho apagando moentáneamente el fuego y saltando sobre el cadáver
de su hermana se arroja, la carabina bajo el brazo y el cuchillo listo al ataque, encima de los asaltantes. Rompe el círculo y gana la caatinga. . .

Tiempo después, uno de los Araújos trató casamiento con la hija de un rico ganadero de Tapaiara y el día de las nupcias, ya cerca de la iglesia, cayó muerto de un balazo entre la alarma de los parientes y la desesperación de la desdichada novia.

La venganza del sertanejo velaba inextinguible. . . 

Ahora tenía una socia en el rencor justificado y hondo, su otra hermana, Helena Maciel, la "Némesis de la familia”, según el decir del cronista ya citado. Su vida transcurría en peligrosos lances, muchos de los cuales, más que sabidos, son inventados por la fecunda imaginación de los matutos. Lo cierto es que, burlando todas las trampas que le tendieron, un día cayó bajo su cuchillo un espía incauto que lo rastreaba.

Fue en Quixeramobim. La narración a la que nos remitimos dice: "Parece que Miguel Carlos tenía allí protectores que le daban garantías. Lo cierto es que más allá de la protección que le dieran, acostumbraba
parar en la aldea.

"Una noche, estando a la puerta del negocio de Manuel Procópio de Freitas, vio entrar a un individuo que quería comprar aguardiente. Considerando que era un espía, le dijo que lo iba a matar y como el dueño
de casa lo detuvo, se hizo acompañar por el sospechoso hasta las afueras del poblado y en el riacho de la Palha lo mató con su cuchillo.

"Una mañana, por fin, salió de la casa de Antonio Caetano de Oliveira, casado con una parienta suya, v fue a bañarse al río que corre detrás de esa casa situada casi en el límite de la plaza principal de la aldea, junto a la garganta que conduce a la pequeña plaza Cotovelo. La desembocadura del riacho de la Palha daba a los fondos de la casa indicada.

Este riacho con su forma circular rodeaba la plaza y en invierno constituía una linda cinta de aguas tranquilas. Miguel Carlos ya estaba desnudo y en compañía de muchos compañeros, cuando apareció un grupo de
enemigos que lo esperaban escondidos entre los pastos. Tanto los parientes de Miguel Carlos como los extraños tomaron sus ropas de la arena y a medio vestir emprendieron la fuga. En calzoncillos y empuñando
el cuchillo, también él corrió hacia el fondo de una casa que casi se enfrentaba con la desembocadura del riacho de la Palha. En esa casa vivía, en 1845, Manuel Francisco da Costa. Miguel Carlos llegó a abrir
el portal de la quinta, pero cuando quiso cerrarlo, cayó abatido por un tiro que había partido del séquito que lo perseguía. Agonizaba caído con el cuchillo en la mano, cuando Manuel de Araújo, jefe de la banda,
hermano del novio asesinado, agarrándolo por una pierna, le clavó su cuchillo. Moribundo, Miguel Carlos le respondió al instante con otra cuchillada en la carótida, muriendo los dos instantáneamente, uno debajo
del otro. Helena Maciel, corrió hecha una furia hasta el lugar y pisando la cara del asesino de su hermano decía satisfecha que le alegraba lo sucedido por el fin que había tenido el enemigo.

"Dicen que los sicarios habían pasado la noche en casa de Inácio Mendes Guerreiro, de la familia de Araújo, agente del correo de la aldea. Venían a título de prender a los Maciéis, pero el propósito era matarlos.

"Helena no se abatió con esta desgracia. Némesis de la familia, inmoló un enemigo a los manes de su hermano. Fue ella, como osó confesar muchos años después, quien mandó golpear bárbaramente a André Jacinto de Sousa Pimentel, mozo de una familia importante de la aldea, emparentado con los Araújos, a quien atribuía los avisos que éstos habían recibido en Boa Viagem, de las venidas de Miguel Carlos. De esos golpes resultó una lesión cardíaca que dio una muerte horrorosa al infeliz culpado de esa última agresión de los Araújos.

"El hecho de que la acción fuera perpetrada por soldados del destacamento de línea, al mando del alférez Francisco Gregorio Pinto, hombre insolente, de bajo origen y educación, con quien Pimentel estaba enemistado, hizo creer durante mucho tiempo que ese oficial de mala fama había sido el autor del crimen.

"Helena permanecía quieta y silenciosa.

"Innumerables víctimas anónimas se cobró esta lucha sertaneja, diezmadora de los secuaces de las dos familias, siendo el último de los Maciéis, Antonio Maciel, hermano de Miguel Carlos, muerto en Boa Viagem. Durante mucho tiempo fue célebre la valentía de Miguel Carlos y por él y sus parientes era intensa la estimación y el respeto de sus contemporáneos, testimonios de la energía de esa familia que había dado
tantos hombres bravos para una lucha con poderosos tales como los de Boa Viagem y Tamboril”4.

No sigamos.



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1 Coronel Joáo Brígido dos Santos186, Crimes célebres do Ceará. Os Araújos
e Maciéis.

2 Manuel Ximenes, hablando de estos dos infortunados en sus memorias, dice
que nunca habían hablado mal de ellos ni siquiera los enemigos que acusaron a sus
hijos y pone en duda la participación de éstos en los robos aludidos.
3 Manuel Ximenes, Memorias.
4 Coronel Joáo Brígido, id.




Fuente:
Los sertones / Euclides de Cunha; prólogo, notas y cronología, Walnice Nogueira Galvao ; [traducción, Estela dos Santos]. 1a ed. Carácas, Venezuela: Biblioteca de Ayacucho, 1982


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