miércoles, 12 de junio de 2013


La configuración del mobiliario es una imagen fiel de las estructuras familiares y sociales de una época. El
interior burgués prototípico es de orden patriarcal: está constituido por el conjunto comedor–dormitorio.
Los muebles, diversos en cuanto a su función, pero ampliamente integrados, gravitan en torno al aparador
del comedor o la cama colocada en el medio. Hay tendencia a la acumulación y a la ocupación del espacio,
a su cierre. Infuncionalidad, inamovilidad, presencia imponente y etiqueta jerárquica. Cada habitación
tiene un destino estricto, que corresponde a las diversas funciones de la célula familiar, y nos remite, más allá, a una concepción de la persona en la que se la ve como un conjunto equilibrado de distintas facultades.
Los muebles se miran, se molestan, se implican en una unidad que no es tanto espacial como de orden moral. Se ordenan alrededor de un eje que asegura la cronología regular de las conductas: la presencia perpetuamente simbolizada de la familia ante sí misma. En este espacio privado, cada mueble, cada habitación, a su vez, interioriza su función y se reviste de dignidad simbólica; la casa entera lleva a su término la integración de las relaciones personales en el grupo semicerrado de la familia.

Todo esto compone un organismo cuya estructura es la relación patriarcal de tradición y de autoridad, y cuyo corazón es la relación afectiva compleja que liga a todos sus miembros. Este hogar es un espacio  específico que no se preocupa mucho de un ordenamiento objetivo, pues los muebles y los objetos tienen como función, en primer lugar, personificar las relaciones humanas, poblar el espacio que comparten y  poseer un alma1La dimensión real en la que viven está cautiva en la dimensión moral a la cual deben significar. Tienen tan poca autonomía en este espacio como los diversos miembros de la familia tienen en la sociedad. Además, seres y objetos están ligados, y los objetos cobran en esta complicidad una densidad, un valor afectivo que se ha convenido en llamar su “presencia”. Lo que constituye la profundidad de las casas de la infancia, la impresión que dejan en el recuerdo es evidentemente esta estructura compleja de interioridad, en la que los objetos pintan ante nuestros ojos los límites de una configuración simbólica llamada morada. El antagonismo entre interior y exterior, su oposición formal bajo el signo social de la propiedad y bajo el signo psicológico de la inmanencia de la familia, hace de este espacio tradicional una trascendencia cerrada. Antropomórficos, estos dioses lares que son los objetos se vuelven, al encarnar en el espacio los lazos afectivos y la permanencia del grupo, suavemente inmortales hasta que una generación moderna los relega o los dispersa, o a veces los reinstaura en una actualidad nostálgica de objetos viejos. Como sucede con los dioses a menudo, los muebles tienen también a veces la oportunidad de una segunda existencia, y pasan del uso ingenuo al barroco cultural.

El orden del comedor y de la recámara, esa estructura mobiliaria ligada a la estructura inmobiliaria de
la casa es todavía la que propaga la publicidad en un vasto público. Lévitan y las Galerías Barbès siguen proponiendo al gusto colectivo las normas del conjunto “decorativo”, aun cuando las líneas se hayan “estilizado” y aun cuando la decoración haya perdido su afectación. Si estos muebles se venden, no es porque sean menos caros, sino porque llevan en sí la certidumbre oficial del grupo y la sanción burguesa. Y es también porque estos muebles–monumentos (aparador, cama, ropero) y su arreglo recíproco responden a una persistencia de las estructuras familiares tradicionales en capas muy grandes de la sociedad moderna.





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1 Por lo demás, pueden tener gusto y estilo, así como no tenerlo.


Fuente:
El sistema de los objetos / Jean Baudrillard, Traducido por Francisco González Aramburu. 1a. ed. México: Siglo XXI, 1969

Imagen:
El Dormitorio en Arles de Vincent van Gogh. Pintura. Países Bajos, 1888.

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