jueves, 27 de junio de 2013


¿Será mejor asumir la naturaleza pasajera de las cosas, aprovechar cada segundo la compañía de un amigo como si fuera el último y tener siempre en cuenta que puede morir atropellado ahí mismo, frente al café que nos hizo descubrir? Habría entonces que tomar ejemplo de los niños que viven los días como momentos excepcionales y conocen el verdadero sentido del fin de semana. O quizás convenga más pensar que nada nos pertenece, que cada objeto, cada espejismo de comprensión es el don de un personaje divino cuyo pasatiempo es hacernos perder todo, y no asumir posesiones sería la única manera de burlarlo. Tomemos la postura que tomemos, algo es seguro: existir es desmoronarse. Me rasco y pierdo un puñado de células, tomo un poco de alcohol y me desprendo de algún porcentaje de hígado. Me quedo dormida junto a la ventana y me pierdo la escena de celos que está haciendo la vecina en el edificio de enfrente, despierto y, de inmediato, olvido el sueño del que sí conservo sensación. Perderse a sí mismo es algo para lo que estamos de alguna u otra manera preparados, pero que no nos abandonen; que las personas que consideramos nuestras no desaparezcan, porque entonces el procesos de pudrición se vuelve intolerable.

En la ciudad, las calles están llenas de casas, anuncios, gente y sin embargo tan vacías, pintadas de ese moho percudido que lo impregna todo. Los olores de la ciudad se han convertido en un tufo único y nauseabundo. Constantemente, el espacio deja de existir y la gente, obstinada en negarlo, sigue hablando de edificios, estatuas, cines que hace mucho derrumbaron; sigue mencionando calles que ya no son calles, sino ejes viales y no tienen ya el mismo nombre, avenidas donde los camellones son sólo el recuerdo colectivo de un tiempo más apacible y menos vertiginoso. México ya no nos pertenece. Hemos desarrollado un ojo selectivo que fragmenta y edita los teléfonos descompuestos, los vidrios rotos, la señora que tirita en su reboso, sentada en la banqueta, los desagües constipados, el asalto que sucede frente a nuestras narices. La ciudad que elegimos ver es una fachada hueca que cubre los escombros de todos nuestros temblores.




Fuente:
El huésped / Guadalupe Nettel. 2a ed. Barcelona: Anagrama, 2010

Imagen:
"Cruce de las calles 5 de Mayo y San Juan de Letrán". México, 1942.
Foto tomada de la página "La ciudad de México en el el tiempo":
https://www.facebook.com/laciudaddemexicoeneltiempo

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