martes, 22 de julio de 2014


El primer libro pornográfico que leí en mi vida se llamaba Pedro Simple del Capitán Marryat. Era pornográfico según yo porque en la página 107 decía "parto" y en la 108 "destetaban". Cuando terminé de leerlo lo puse en un lugar secreto para que no fuera a caer en manos de mi madre y ella se enterara de lo que estaba yo leyendo.Dos años más tarde, cuando entré en los scouts, me pidieron que llevara libros para formar la biblioteca de la patrulla. Entre los que llevé estaba mi predilecto, El perro diabólico, también del Capitán Marryat. No llevé Pedro Simple, porque era pornográfico y porque consideré que estaba tratando con niños decentes, y no quería escandalizarlos.

Mi equivocación fue doble. Pedro Simple no era pornográfico y el primer scout de la patrulla Jaguares, un niño esquelético y con bozo, llamado Chambord,sacó El perro diabólico de la biblioteca, y ésa fue su última actividad scout. No volví a verlos ni a él ni al libro. El otro, el pornográfico, se lo presté a mi madre diez o quince años más tarde, un día en que ella no tenía nada que leer. Le interesó mucho
y nunca se enteró de que lo que estaba leyendo era pornográfico.

¡Qué diferentes eran las cosas entonces! Ahora las familias mexicanas —los padres, los hijos, la abuelita y las criadas— están siendo invitadas a presenciar un parto, milagro de la naturaleza y el espectáculo más grandioso de todos los conocidos.

El único parto que vi —y si me toca ver otro será por accidente— lo tuvo un animal que pescamos, parecido a la mantarraya pero más chico, que en la angustia de la muerte dio a luz los hijos que tenía adentro. Estos pobres, que estaban todavía a medio hacer, salieron, en vez de al agua fresca del mar, al patio de una casa acapulqueña y murieron ipso facto, no sin antes echarnos a perder el desayuno a los que presenciamos el espectáculo grandioso.

El misterio de la vida, es decir, de dónde venimos y cómo nacemos, me fue explicado de manera prístina el primer día que fui a clases en tercero de primaria en el "Instituto Centroamérica", por mis compañeros, que acababan de enterarse. No recuerdo haber sido incrédulo. El procedimiento de reproducirse me pareció ligeramente siniestro, pero interesante y más lógico que el sistema de escribir cartas con encargos a Dios, a París o a la cigüeña. 

Este último mito es completamente ridículo en un país en donde no hay cigüeñas.Durante un tiempo me entretuve poniendo en aprietos a mis mayores. Preguntando a mi madre, por ejemplo: 

—¿Por qué las señoras que encargan niños a París se ponen tan gordas?

—Pues quién sabe hijo. Será porque comen mucho. 

Después vino una época —que corresponde a la lectura de Pedro Simple— en que por alguna razón traté de ocultar estos conocimientos, y la circunstancia de que "había sido pervertido".

Después de esto y creo que a raíz de las películas de Andy Hardy, en las que irremediablemente había escenas en las que Andy y su padre, el juez, se encerraban en el despacho de este último y tenían una conversación "de hombre a hombre", mi madre dio por decir de vez en cuando:

—Si tu padre viviera, él te explicaría varias cosas que tienes que saber y que yo no te puedo explicar, porque soy mujer. 

Ha de haber tenido miedo de que yo llegara al lecho nupcial creyendo que los niños se encargaban por correo.

Durante varios años temí que mi madre hiciera de tripas corazón, y me explicara a solas los misterios de la vida. Afortunadamente esto nunca ocurrió —ninguno de los dos hubiera sabido que cara poner en circunstancia tan solemne—. Lo que en realidad sucedió fue que pasó el tiempo, y cuando yo tenía quince años, mi madre me preguntó: 

—Bueno, tú ya sabes todo lo que tienes que saber, ¿verdad?

—Sí, mamá.

—¿Entonces, ya no tengo nada que explicarte?

—No, mamá.

—Así es mejor.

Así quedó la cosa. Creo que este procedimiento es más sencillo que andar presenciando partos en bola.





Fuente:
Sálvese quien pueda / Jorge Ibargüengoitia; prólogo de Alberto Ruy Sanchéz Lacy -- Edición especial. -- México, D. F. : Secretaria de Educación Pública ; Cámara Nacional de la Industria Editorial ; Asociación Nacional del Libro, A. C. ; CONACULTA, Dirección General de Publicaciones, 2013.

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