sábado, 2 de agosto de 2014



Le dije: ¿de dónde eres? Soy una chica de la Luna, dijo. Le dije: ¿y qué hace una chica de la Luna en un sitio como éste? Me dijo: ¿de dónde eres tú? Le dije: soy un chico de la Tierra. Me dijo: ¿y qué hace un chico como tú en un sitio como éste? No le supe responder. en cambio, dije: ¿cómo se llaman en la Luna las chicas como tú? Lenka, dijo. Con qué hermosos nombres bautizan en la Luna, dije. Quiere decir Leona, dijo. ¿Leona? Leona. Voy a escribir sobre ti, Leona, dije. ¡Ahí! ¿sí? ¿Y qué vas a escribir? Que te encontré, que las chicas de la Luna se llaman Lenka. También que lo dirás; lo dicen todos. Yo dije: hace dos días murió mi padre, sólo sería capaz de escribir cosas bellas de ti. Lo siento, dijo ella. Después dijo: ¿quieres subir? Sí, dije. Cogimos un ascensor y nos metimos en un cuarto. Me gusta el flamenco; también toco la guitarra, dijo mientras se desnudaba. Yo no sé tocar nada, dije. Puedes tocarme a mí, dijo. No hace falta que te las quites, dije. Ya es tarde, dijo. Y luego: ¿de qué ha muerto tu padre? Supongo que de viejo, a una cierta edad sólo se muere de viejo, dije. Ella dijo: tengo un hijo de Brno, tiene cuatro años. Así que la Luna está en Moravia, dije. Rió. Le di un beso. ¿Cuándo te encontrarás con él?, dije. En agosto, me voy todo el verano; lo extraño; vive con sus abuelos. Sólo quiero besarte, dije. Adelante, dijo. Le besé el vientre. Le dije: me encantaría viajar a la Luna. La Luna es fría, te congelarías, dijo. Me quiero congelar, dije. Será otro día, dijo. Y se vistió.






Fuente:
Alguien se lo tiene que decir / Juan Manuel Villalobos. -- 1a ed. -- México, D. F.: Tumbona, 2012.

Imagen:
La luna  de Juan Soriano. Escultura. México, 1996.

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