sábado, 12 de enero de 2013





Este talante errabundo siempre lo he tenido (aunque no con el mismo éxito), 
y como un perro de caza que va de un lugar a otro ladrando a todos los pájaros 
que ve y abandonando su presa, yo he seguido todo excepto lo que debía, 
y puedo lamentarme justificada y verdaderamente (porque el que está en todas partes 
no está en ninguna)... de haber leído muchos libros, pero con poca utilidad 
por carecer de método; he tropezado confusamente con diversos autores en nuestras bibliotecas 
con poco aprovechamiento, por falta de arte, orden, memoria o juicio.

Robert Burton, Anatomía de la melancolía



El punto de partida es una pregunta.

Aparte de los teólogos y los que cultivan la literatura fantástica, pocos pueden dudar de que los rasgos principales de nuestro universo son su carencia de significado y su falta de propósito discernible. Y sin embargo, con un optimismo desconcertante, continuamos reuniendo en un estante tras otro de las bibliotecas, ya sean materiales, virtuales o de cualquier otro tipo, todo fragmento de información que podemos encontrar en forma de rollos, libros y chips, patéticamente empeñados en conferir al mundo una apariencia de sentido y de orden, sabiendo perfectamente, al mismo tiempo, que, por mucho que queramos creer lo contrario, nuestros esfuerzos están lamentablemente condenados al fracaso.

¿Por qué lo hacemos entonces? Aunque desde el principio sabía que muy probablemente la pregunta no encontraría respuesta, me pareció que la búsqueda en sí merecía la pena. Este libro es la historia de esa búsqueda.

Menos interesado en la ordenada sucesión de fechas y de nombres que en nuestros interminables esfuerzos por coleccionar, me propuse hace varios años no compilar una nueva historia de las bibliotecas ni añadir un tomo más a los ya dedicados en número alarmante a la bibliotecnología, sino sencillamente dar cuenta de mi asombro. «Sin duda encontraremos tan conmovedor como estimulante —escribió Robert Louis Stevenson hace más de un siglo— que la raza humana no deje de trabajar en un campo del que ha sido desterrado el éxito.»

Las bibliotecas, ya sea la mía o las que comparto con una mayor cantidad de lectores, siempre me han parecido lugares gratamente disparatados, y hasta donde alcanza mi memoria siempre me ha seducido su lógica laberíntica, la cual sugiere que la razón (si no el arte) gobierna una acumulación cacofónica de libros. Siento el placer de la aventura cuando me pierdo entre estantes atestados de volúmenes con la seguridad supersticiosa de que una jerarquía de letras o de números me conducirá algún día al destino prometido. Durante largo tiempo los libros han sido instrumentos de las artes adivinatorias. «Una gran biblioteca» —observa Northrop Frye en uno de sus muchos cuadernos de notas—, «posee realmente el don de lenguas y un gran potencial para la comunicación telepática.»

Bajo el influjo de tan agradables ilusiones me he pasado medio siglo coleccionando libros. Ellos, inmensamente generosos, no han exigido nada de mí, sino que me han ofrecido todo tipo de revelaciones. «Mi biblioteca —escribió Petrarca a un amigo— no es inculta aunque pertenezca a un inculto.» Como los de Petrarca, mis libros saben infinitamente más que yo y les agradezco que incluso toleren mi presencia. A veces creo abusar de ese privilegio.

El amor a las bibliotecas, como la mayor parte de los amores, hay que aprenderlo. El que entra por primera vez en una habitación hecha de libros no puede saber instintivamente cómo comportarse, qué se espera de él, qué se promete, qué se permite. Puede verse dominado por el horror —a la acumulación o a la magnitud, al silencio, a la admonición burlona de que es mucho lo que ignora, a la vigilancia—, y parte de esa sensación abrumadora puede seguir aferrada a él una vez aprendidos los rituales y las convenciones, una vez cartografiado el territorio, una vez comprobada la actitud amistosa de los nativos.

Con la temeridad de la juventud, mientras mis amigos soñaban con hechos heroicos en el campo de la ingeniería o el derecho, las finanzas o la política nacional, yo soñaba con llegar a ser bibliotecario. La inercia y una mal reprimida afición a los viajes decidieron otra cosa. Hoy, sin embargo, cumplidos los cincuenta y seis años («la edad» —como afirma Dostoyevski en El idiota—, «a la cual puede decirse con razón que comienza la verdadera vida»), he vuelto a ese temprano ideal y, aunque no puedo decir que sea propiamente bibliotecario, vivo entre estanterías cada vez más numerosas cuyos límites comienzan a desdibujarse o a coincidir con los de mi casa. El título de este libro debería haber sido Viajes alrededor de mi cuarto. Desgraciadamente, hace más de dos siglos, Xavier de Maistre se me adelantó.



Fuente:
La biblioteca de noche / Alberto Manguel. 1a ed. Madrid: Alianza, 2006

1 comentarios:

  1. Seguro tienes una biblioteca inmensa en casa...¡Felicidades! Me encantó el artículo, aunque ahora me pregunto ¿Por qué escribimos? ¿Será esa inmensa necesidad de trascender?

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