miércoles, 12 de febrero de 2014




De los pasados esplendores de la ciudad de México persisten, empero, las voces de quienes la cantaron, con líricos acentos, cuando era la región más transparente del aire; de quienes la describieron, azorados, cuando a ella llegaron allende el mar océano o la establecieron en lengua latina para darle cabida en las ciudades del mundo o la magnificaron con palabras hiperbólicas y artificiosas; de quienes la puntualizaron en términos científicos; de quienes la liberaron con sus discursos cívicos y sus artículos combativos y la relataron en sus costumbres y sucesos; de quienes hoy la registran, la definen, la inventan y la salvan de la destrucción merced a la palabra. Las voces, en suma, que la han construido letra a letra en la realidad perseverante de la literatura.

La nuestra es una ciudad de papel.

La Gran Tenochtitlan sobrevive en las descripciones de los frailes que con minuciosidad científica consignaron la historia y la cultura de la sociedad aborigen y las imágenes de los soldados metidos a cronistas que usaban, como dice Alonso de Ercilla en La araucana, ora la pluma, ora la espada, y que trasladaron a la realidad que estaban viviendo la fantasía que había alimentado la idea europea del ignoto Occidente. Tendiendo el puente entre las novelas de caballería y las crónicas de la conquista, Bernal Díaz del Castillo recuerda su primera visión del valle de Anáhuac.

y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas
en el agua, y en tierra firme otras grandes
poblazones, y aquella calzada tan derecha y por
nivel como iba a México, nos quedamos admirados
y decíamos que parecía a las cosas de encantamiento
que se cuentan en el libro de Amadís,
por las grandes torres y cúes y edificios que tenían
dentro en el agua, y todos de calicanto, y aun algunos
de nuestros soldados decían que si aquello
que veían, si era entre sueños, y no es de maravillar
que yo escriba aquí de esta manera, porque
hay mucho de ponderar en ello que no sé cómo
lo cuente: ver cosas nunca oídas, ni aun soñadas
como veíamos.

y hasta Cortés, tan parco en el elogio si no es para magnificar la importancia de su empresa, no puede ocultar su estupor ante la ciudad de México -a la que compara por su belleza con Granada y por su extensión con Córdoba y Sevilla- y con palabras mudas dice: "La cual ciudad es tan grande y de tanta admiración que aunque mucho de lo que de ella podría decir, lo poco que diré creo que es casi increíble." y es que la Gran Tenochtitlan es una ciudad improbable, que parece pertenecer, más a la imaginación poética que a la realidad. Una ciudad fundada por los hombres, pero ordenada y sostenida por el dios Huitzilopochtli, como se dice con una rara mezcla de orgullo y humildad en un poema de Nezahualcóyotl: 

Flores de luz erguidas abren sus corolas
donde se tiende el musgo acuático, aquí en México,
plácidamente están ensanchándose,
y en medio del musgo y de los matices
está tendida la ciudad de Tenochtitlan:
la extiende y la hace florecer el dios:
tiene sus ojos fijos en sitio como éste,

los tiene fijos en medio del lago.
...
A ti, Nezahualcóyotl, y a ti, Moteuczomatzin,
os ha creado el que da la vida,
os ha creado el dios en medio de la laguna.

Sólo así se entiende que la gran ciudad que fue asiento del imperio azteca haya sido edificada en medio de la laguna salobre, en el lugar de la expulsión y del castigo. Cuando loo mexicas llegaron al valle de México tras una peregrinación de siglos no encontraron acomodo en ninguna parte. Fueron execrados por los vecinos y si aquí pudieron sostenerse, como dicen Los Anales de Tlatelolco, fue mediante la guerra y despreciando a la muerte. De Chapultepec fueron echados a Tizapán, donde se alimentaban de serpientes. De ahí también
fueron expulsados y obligados a refugiarse en el agua, en los pantanos, a esconderse entre los juncos. Huitzilopochtli entonces formula su trascendental designio, registrado como uno de los momentos épicos más sobrecogedores de la historia de los aztecas en La crónica mexicáyotl: fundar una ciudad en un islote en medio de la laguna, desde donde habrán de someter a sus enemigos. "Con nuestra flecha y escudo nos veremos con quienes nos rodean, a todos los que conquistaremos, apresaremos, pues ahí estará nuestro poblado, México, el lugar en que grita el águila, se despliega y come, el lugar en que nada el pez, el lugar en que es desgarrada la serpiente ..." Sólo por su fanatismo y su desdén al sufrimiento, pudieron crear y desarrollar ahí la gran ciudad que con lo~ años llegó a ser la México-Tenochtitlan que conocieron los conquistadores. Una ciudad cruzada por canales y atada a tierra firme por largas y anchas calzadas. Una ciudad expandida merced a las canoas, que postergaron la utilización de la rueda, y a ese milagro de la agricultura que fueron las chinampas, jardines flotantes como colgantes fueron los de Babilonia. Agua y tierra, una ciudad que no desplazó a la naturaleza sino la acogió en su seno. El centro ceremonial, imponente,
en el que sobresale, entre palacios y templos, el gran teocali de los sacrificios dedicado a Tláloc y Huitzilopochtli, y los huertos y jardines que albergan la abundancia y la variedad de plantas y de flores. Una ciudad que se cifra en aquellos versos de Carlos Pellicer que dan cuenta cabal del alma mexicana: "el gusto por la muerte y el amor a las flores".

Ayudado por la erudita imaginación de Alfonso Reyes, veo una ciudad diurna por excelencia, cristalina
en el aire y en el agua, espaciosa y clara; una ciudad apacible no obstante los rituales sangrientos de sus habitantes, cuya cultura hermanó la guerra con las flores para alimento de los dioses y permanencia del mundo:

Allí, donde se tiñen los dardos, donde
[se tiñen los escudos,
están las blancas flores perfumadas, las
[flores del corazón:
abren sus corolas las flores del que da
[la vida,
cuyo perfume aspiran en el mundo los
[príncipes: es Tenochtitlan.

Cortés justifica la destrucción de la ciudad de los aztecas como necesaria estrategia militar para imponer su dominio:

y yo, viendo... que había ya más de cuarenta
y cinco días que estábamos en el cerco, acordé de
tomar un medio para nuestra seguridad y para
Poder más estrechar a los enemigos, y fue que
como fuésemos ganando por las calles de la ciudad,
que fuesen derrocando todas las casas de
ellas del un cabo y del otro, por manera que no
fuésemos un paso adelante sin lo dejar todo
asolado ...

De la minuciosa y dilatada descripción que Cortés hace del cerco de Tenochtitlan, queda, a pesar de la intención de su cronista, un coraje que no sólo se endereza contra la violencia del acontecimiento histórico, sino también, y más enconadamente, contra el autor, que lo es del relato y de la historia que consigna. No sería necesario leer los valiosos documentos de los informantes de Sahagún y de los redactores de los Anales de Tlatelolco para sentir el dolor del trance de la conquista: basta la Tercera carta que Cortés le dirige a Carlos V. No hay palabras que puedan tapar esa "red de agujeros" por donde sale a borbotones la dignidad de un pueblo transgredido que en ese preciso momento, si se me tolera una digresión connotativa, deja de ser azteca para ser náhuatl solamente. A partir de la Conquista empiezan a distanciarse hasta la antinomia la diferencia específica y el género próximo; la palabra azteca y la palabra náhuatl. La primera evoca la muerte y el imperio que sojuzgó con crueldad a todos los pueblos circunvecinos; la segunda conduce a la vida y a la cultura -la filosofía y la poesía lírica-. La palabra azteca designa a los vencedores de las guerras sacrificiales; la palabra náhuatl, a los vencidos en la Conquista. Una es la de la
guerra, otra la del canto. Una es obsidiana, otra es flor.

El estruendo de la Conquista -los vozarrones viriles de los soldados invocando al Señor Santiago, que había cambiado su ropaje apostólico de peregrino por el arnez y la espada en las guerras de reconquista y pasaba ahora de Santiago Matamoros a Santiago Mataindios; la pólvora de los arcabuces y de los cañones, la sonoridad de las armaduras, los relinchos de los caballos- silenció la voz de los indígenas, ese lenguaje de pájaros, musical y delicado, cercano al canto y al susurro; un lenguaje que escurre, como dice Reyes, "de los
labios del indio con una suavidad de aguamiel". 

Como primer signo de su sometimiento al dominio español, los propios, mexicanos se vieron forzados a perpetrar la dolorosa destrucción de su ciudad, primero impelidos por el cerco que sobre ellos sostuvieron los conquistadores, después obligados por el azote de los encomenderos o por las palabras elocuentes de los primeros frailes. Una vez demolida la ciudad antigua, ellos mismos edificaron la nueva ciudad sobre los escombros de México-Tenochtitlan.

De la misma manera que la lengua castellana acabó por imponerse sobre la lengua náhuatl, la ciudad española se sobrepuso a la ciudad indígena, porque los españoles castellanizaron a los indios y castellanizaron, también, el paisaje. Y así como múltiples' vocablos del náhuatl se filtraron en el castellano y lo enriquecieron, si bien la mayoría de ellos eran sustantivos que se referían a la realidad exterior y no reflejaban la complejidad de su cultura, las mismas piedras de los templos y palacios derruidos se utilizaron, sustantivamente, para edificar la nueva ciudad, que respondía a un pensamiento diferente y articulaba una nueva sintaxis. Qué mejor imagen que la iglesia mayor, premunición de la Catedral, construida sobre el basamento del Templo del Sol con las mismas piedras del que fuera gran teocali de Tenochtitlan, reducidas a la forma octagonal de las basas medievales y todavía marcadas con estrías de serpientes emplumadas.





Fuente:
México ciudad de papel: discurso / Gonzalo Celorio. 1a ed. México, D. F. : Universidad Nacional Autónoma de México, 1997

Imagen:
Tenochtitlan de Miguel Covarrubias. Pintura. México, 1960?

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