martes, 18 de febrero de 2014



Tres días después, en una charla franca con el boticario Crispín Soares, le abrió el alienista el misterio de su corazón.

-La caridad, señor Soares, entra por cierto en mi procedimiento, pero entra como la salsa, como la sal de las cosas, que es así como interpreto el dicho de San Pablo a los corintios: "Si yo conozco cuanto se puede saber y no tengo caridad, no soy nada." Lo principal en esta obra mía de la Casa Verde es estudiar profundamente la locura, sus grados diversos, clasificar sus casos, descubrir en fin la causa del fenómeno y el remedio universal. Éste es el misterio de mi corazón. Creo que con esto presto un buen servicio a la humanidad.

-Un excelente servicio -agregó el boticario.

-Sin este asilo -prosiguió el alienista-, poco podría hacer; es él quien le da mucho mayor campo a mis estudios.

-Sin duda -enfatizó el otro.

Y tenía razón. De todas las villas y aldeas vecinas afluían locos a la Casa Verde. Eran furiosos, eran mansos, eran monomaniacos, eran toda la familia de los desheredados del espíritu. Al cabo de cuatro meses, la Casa Verde era una población. No bastaron las primeras habitaciones; se mandó anexar una galería de treinta y siete más. El padre Lopes confesó que nunca hubiera creído que había tantos locos en el mundo, y menos aún que fueran hondamente inexplicables ciertos casos. Por ejemplo, ése del muchacho burdo y rústico, que todos los días después del almuerzo pronunciaba regularmente un discurso académico, ornado de tropos, de antítesis, de apóstrofes, con sus recamos de griego y latín, y sus borlas de Cicerón, Apuleyo y Tertuliano. El vicario no podía terminar de creerlo. Pero ¡cómo era posible! Aquél era un muchacho a quien él había visto, tres meses atrás, jugando al boliche en la calle.

-No digo que no -le respondía el alienista-; pero la verdad es lo que vuestra eminencia puede ver aquí. Esto ocurre todos los días.

-En lo que a mí respecta -prosiguió el vicario-, esto que aquí vemos sólo se puede explicar por la confusión de lenguas que tuvo lugar durante la construcción de la Torre de Babel, según narra la Escritura; probablemente confundidas las lenguas en la antigüedad, es fácil intercambiarlas ahora, desde que la razón no trabaje...

-Ésa puede ser, efectivamente, la explicación divina del fenómeno -dijo el alienista, después de reflexionar un instante-, pero no es imposible que haya también alguna razón humana, y puramente científica; eso es justamente lo que trato de averiguar...

-Me parece bien, me parece bien. ¡Y ojalá llegue vuestra merced adonde se propone!

Los locos de amor eran tres o cuatro, pero sólo les resultaban asombrosos por la curiosa índole de su delirio.

Uno de ellos, un tal Falcão, muchacho de veinticinco años, suponía ser la estrella del alba, abría los brazos y las piernas para darles cierto aspecto de rayos, y se quedaba así horas preguntando si el sol ya había nacido, de forma que él pudiera retirarse. El otro andaba siempre, siempre, siempre, de sala en sala y dando vueltas por el patio, a lo largo de los corredores, en busca del fin del mundo. Era un desgraciado, a quien su mujer había abandonado para seguir a un perdulario. Apenas descubrió la fuga se armó de un trabuco y salió tras sus huellas; los encontró dos horas después, a orillas de una laguna, y los mató a ambos con tal despliegue de crueldad que su crimen fue memorable.

Los celos se vieron aplacados, pero el vengado se volvió loco. Y entonces empezó a devorarlo aquella ansiedad de ir al fin del mundo en pos de los fugitivos.

La manía de grandeza contaba con exponentes notables. El más curioso era un pobre diablo, hijo de un ropavejero, que narraba a las paredes (porque jamás miraba a una persona) toda su genealogía, que era ésta:

-Dios engendró un huevo, el huevo engendró la espada, la espada engendró a David, David engendró la púrpura, la púrpura engendró al duque, el duque engendró al marqués, el marqués engendró al conde, que soy yo.

Se daba una fuerte palmada en la frente, hacía estallar los dedos y repetía cinco o seis veces seguidas:

-Dios engendró un huevo, el huevo, etcétera.

Otro de su misma especie era un notario que se hacía pasar por mayordomo del rey; también había un boyero de Minas, cuya manía era distribuir ganado entre todos los que lo rodeaban, le daba a uno treinta cabezas, seiscientas a otro, mil doscientas a otro, y no terminaba nunca. No hablo de los casos de monomanía religiosa; apenas me referiré a un individuo que, llamándose Juan de Dios, decía ahora ser el dios Juan, y prometía el reino de los cielos a quien lo adorase, y las penas del infierno a los restantes; y además de éste, el licenciado García, que no decía nada, porque imaginaba que el día que llegase a proferir una sola palabra, todas las estrellas se desprenderían del cielo y abrasarían la tierra, tal era el poder que había recibido de Dios.

Así lo escribió él en el papel que el alienista mandó entregarle, menos por caridad que por interés científico.

Lo cierto es que la paciencia del alienista era aún más notable que todas las manías alojadas en la Casa Verde y tan asombrosa como ellas. Simón Bacamarte empezó por organizar al personal de administración; y aceptando esa sugerencia del boticario Crispín Soares, le aceptó también dos sobrinos, a quienes incumbió de la ejecución de un régimen, aprobado por el Ayuntamiento, de la distribución de la comida y de la ropa. Era lo mejor que podía hacer, para no tener sino que ocuparse de lo que específicamente le interesaba.

-La Casa Verde -dijo él al vicario-, es ahora una especie de mundo, en el que hay un gobierno temporal y un gobierno espiritual.

Y el padre Lopes se reía de esta broma inconsciente, y agregaba, con el único fin de decir también algo gracioso:

-Ya verá usted; lo haré denunciar ante el papa.

Una vez liberado de los problemas administrativos, el alienista procedió a una vasta clasificación de sus enfermos. Los dividió primeramente en dos clases principales: los furiosos y los mansos; de allí pasó a las subclases, monomanías, delirios, alucinaciones diversas. Hecho esto, dio inicio a un estudio tenaz y constante; analizaba los hábitos de cada loco, las horas en que se producían las alucinaciones, las aversiones, proclividades, las palabras, los gestos, las tendencias; indagaba la vida de los enfermos, profesión, costumbres, circunstancias de la revelación mórbida, traumas infantiles y juveniles, enfermedades de otra especie, antecedentes familiares; una pesquisa, en suma, que no realizaría el más compuesto corregidor. Y cada día efectuaba una observación nueva, un descubrimiento interesante, un fenómeno extraordinario. Al mismo tiempo estudiaba el mejor régimen, las sustancias medicamentosas, los medios curativos y los recursos paliativos, no sólo los que provenían de sus amados árabes, como los que él mismo había descubierto, a fuerza de sagacidad y paciencia. Pues bien, todo este trabajo le insumía lo mejor y la mayor parte de su tiempo. Dormía poco y apenas se alimentaba; y aun cuando comía era como si trabajase, porque o bien interrogaba un texto antiguo, o rumiaba una cuestión, e iba muchas veces de un cabo a otro de la cena sin intercambiar una sola palabra con doña Evarista.




Fuente:
El alienista / Joaquin Machado de Assis. México : UNAM, Coordinacion de Humanidades, 2002.

Imagen:
Ex-Libris Edgar Allan Poe de Eko. Grabado. México, 2012.

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