viernes, 14 de diciembre de 2012





El sitio en que el medio entra en contacto directo con un animal -la superficie del cuerpo de éste- recibe una gran cantidad de malos tratos durante el curso de su vida. Es sorprendente que sobreviva al uso y al deterioro y que se conserve tan bien. Si esto se consigue, es gracias a su maravilloso sistema de sustitución de tejidos, y también porque los animales han desarrollado una variedad especial de comodidad que contribuye a mantenerlo limpio. Cuando pensamos en cosas tales como la alimentación, la lucha, la fuga y el apareamiento, nos sentimos inclinados a considerar relativamente triviales las acciones de limpieza; pero, sin éstas, el cuerpo no podría funcionar con eficacia. Para algunas criaturas, como por ejemplo los pajaritos, la conservación del plumaje es cuestión de vida o muerte. Si el pájaro deja que se ensucien sus plumas será incapaz de volar lo bastante de prisa para escapar a las aves de rapiña y no podrá conservar la elevada temperatura de su cuerpo si el tiempo se pone frío. Los pájaros se pasan muchas horas bañándose, limpiándose las plumas, lubricándolas y rascándose, y realizan todas estas operaciones en larga y complicada sucesión. Los mamíferos son ligeramente menos complejos en estos hábitos, pero, no obstante, se asean prolijamente, se lamen, se mordisquean, se rascan y se frotan. Lo mismo que ocurre con las plumas, sus pelos tienen que conservar el calor de su dueño. Si la pelambre se enloda y se ensucia,  aumentará también el riesgo de contraer alguna enfermedad. Los parásitos de la piel tienen que ser atacados y eliminados lo más rápidamente posible. Los primates no constituyen una excepción a esta regla.

En estado salvaje, podemos observar frecuentemente el aseo de los monos y cuadrumanos, los cuales prestan sistemática atención a su pelambre, limpiándola de trocitos de piel seca o de cuerpos extraños. En general, se los llevan a la boca y se los comen, o, al menos, los prueban. Estas acciones de aseo pueden durar muchos minutos, y el animal da la impresión de concentrarse en su tarea. Los turnos de aseo pueden alternar con súbitas rascaduras o mordisqueos, aplicados directamente a específicas zonas irritadas. La mayoría de los mamíferos se rascan únicamente con las patas traseras, pero los monos pueden emplear también las delanteras. Sus miembros anteriores poseen excelentes condiciones para las tareas de limpieza. Los ágiles dedos pueden hurgar entre los pelos y localizar con gran exactitud los puntos concretos en que se produce la desazón. Comparadas con las garras y las pezuñas, las manos del primate son «aparatos de limpieza» de precisión. Pero, aun así, dos manos son mejor que una, lo que crea un pequeño problema. El mono puede poner en juego ambas manos para manipular en sus patas traseras, en sus flancos o en la
parte anterior de su cuerpo, pero no puede hacerlo cuando se trata de la espalda o de las propias patas delateras. De la misma manera, si no tiene un espejo, no puede ver lo que hace cuando se concentra en la región de la cabeza. Aquí puede emplear ambas manos, pero tiene que trabajar a ciegas. Evidentemente, la cabeza, la espalda y los brazos están menos acicalados que el pecho, los costados y las patas traseras, a menos que puede hacerse algo especial en su provecho. 

La solución radica en el aseo social, en la creación de un amistoso sistema de ayuda mutua. Podemos observar muchos ejemplos de esto, tanto entre las aves como entre los mamíferos, pero alcanza su  expresión culminante entre los primates superiores. Estos han inventado señales especiales de invitación al aseo, y las actividades sociales «cosméticas» son prolijas e intensas. Cuando un mono pretende asear a otro, le manifiesta sus intenciones con una expresión facial característica. Produce unos rápidos chasquidos con los labios y, con frecuencia, saca la lengua entre cada dos chasquidos. El otro puede indicar su aceptación indicando una postura de relajamiento, y acaso presentando una región determinada de su cuerpo para ser aseada. Como expliqué en un capítulo anterior, la acción de chascar los labios evolucionó como un rito especial, partiendo de los repetidos movimientos producidos con la boca durante el aseo de la piel. Acelerándolos y haciéndolos más exagerados y rítmicos, fue posible convertirlos en una señal visual ostensible e inconfundible.

Como quiera que el aseo social es una actividad cooperativa y no agresiva, el hábito del chasquido de labios se ha convertido en una señal amistosa. Si dos animales quieren estrechar sus lazos de amistad, pueden hacerlo mediante el reiterado aseo mutuo, aunque las condiciones de su pelambre no sean las más convenientes. En efecto, parece que existe poca relación entre la cantidad de suciedad acumulada en la pelambre y la cantidad de aseo mutuo que se practica. Las actividades de aseo social han llegado a ser casi independientes de sus estímulos primitivos. Aunque siguen teniendo la función vital de mantener limpia la piel, su motivación parece ser ahora más social que cosmética. Al contribuir a que dos animales permanezcan juntos, con ánimo colaborador y no agresivo, ayudan a estrechar los lazos interpersonales entre los individuos del grupo o la colonia.

Este sistema de señales amistosas ha dado origen a dos procedimientos remotivadores que se refieren, respectivamente, al apaciguamiento y al alejamiento del temor. Si un animal débil tiene miedo de otro más fuerte, puede apaciguarlo mediante la invitación del chasquido de labios y el subsiguiente aseo de su piel. Esto reduce la agresión del animal dominante y ayuda al subordinado a que el otro lo acepte. Se le permite estar «presente», por los servicios que presta. A la inversa, si un animal dominante quiere calmar los temores de otro más débil puede lograrlo valiéndose del mismo modo. Con el chasquido de sus labios, da a entender que su ánimo no es agresivo. A pesar de su aureola dominante, puede mostrar que no pretende causar daño. Este hábito particular -exhibición tranquilizadora- es menos frecuente que la variedad de apaciguamiento, por la sencilla razón de que es menos necesario en la vida social de los primates. El animal débil posee pocas cosas que el dominante pueda apetecer y no pueda lograr con la agresión directa. Caso excepcional
es el de la hembra dominante, pero estéril, que quiere acunar al hijo de otro miembro de la comunidad. Naturalmente, el monito se asusta de la presencia de la desconocida y trata de escabullirse. En tales ocasiones, podemos observar los grandes esfuerzos de la hembra adulta para tranquilizar al pequeño mediante chasquidos de labios. Si con esto se calman los temores del jovencito, la hembra lo mima y sigue tranquilizándole por medio de un delicado aseo. Es natural que si fijamos la atención en nuestra propia especie esperemos ver alguna manifestación de esta tendencia básica de los primates al aseo, no sólo como simple método de limpieza, sino también como hábito social. La gran diferencia consiste en que nosotros carecemos de la abundosa capa de pelo a limpiar. Cuando se encuentran dos monos desnudos y desean
reforzar sus relaciones de amistad, tienen que buscar algo que remplace el aseo social. Si estudiamos las situaciones en que, tratándose de otros primates, cabría esperar el mutuo aseo, nos intriga sobremanera lo que ocurre. En primer lugar, es evidente que la sonrisa ha remplazado al chasquido de labios. Hemos estudiado ya su origen, como señal infantil especial, y hemos visto cómo, a falta de la reacción consistente en agarrarse, el niño necesita otra manera de atraer y de apaciguar a la madre. Al extenderse a la vida adulta, salta a la vista que la sonrisa es un excelente sucedáneo de la «invitación al aseo». Pero, ¿qué ocurre después de invitar al contacto amistoso? Este tiene que mantenerse de algún modo. El chasquido de labios se refuerza con el aseo; pero, ¿cómo se refuerza la sonrisa? Claro que la reacción sonriente puede repetirse y prolongarse hasta mucho después del contacto inicial; pero se necesita algo más «ocupacional». Hay que adoptar y transformar alguna clase de actividad, como lo era la del aseo. Las más sencillas observaciones
nos revelan que el medio adoptado es la vocalización verbalizada.


El hábito de comportamiento consistente en hablar deriva, en principio, de la creciente necesidad de intercambio cooperativo de información. Procede del común y extendido fenómeno animal de la vocalización no verbal. Partiendo del típico e innato repertorio de gruñidos y rugidos de los mamíferos, se desarrolló una serie más compleja de señales sonoras aprendidas. Estas unidades vocales y sus múltiples combinaciones constituyeron la base de lo que llamamos lenguaje de información. A diferencia de los más primitivos sistemas de señales no verbales, este nuevo método de comunicación permitió a nuestros antepasados referirse a objetos del medio y, también de pasada, al futuro y al presente. Hasta hoy día, el lenguaje de información ha sido la forma más importante de comunicación vocal de nuestra especie. Pero al evolucionar no se detuvo aquí, sino que adquirió funciones adicionales. Una de éstas tomó la forma de lenguaje de
sentimiento. Estrictamente hablando, éste era innecesario, porque las señales no verbales del estado de ánimo no se habían perdido. Aún podemos expresar y expresamos nuestros estados emocionales valiéndonos de los gritos y gruñidos de los antiguos primates, pero lo cierto es que reforzamos estos mensajes con la confirmación verbal de nuestros sentimientos. El gemido de dolor es seguido de cerca por una señal verbal de «me duele». El rugido iracundo va acompañado del mensaje «estoy furioso». En ocasiones, la seña inarticulada no se emite en su estado puro, sino que se expresa en el tono de la voz. Las palabras «me duele», son pronunciadas en un gemido o en un grito. Las palabras «estoy furioso» suenan como un rugido o un bramido. En tales casos, el tono de la voz ha sido tan poco modificado por la instrucción y está tan cerca del antiguo sistema de señales no verbales de los mamíferos que incluso un perro puede comprender el mensaje, y mucho más un desconocido de otra raza de nuestra propia especie. Las verdaderas palabras empleadas en tales casos resultan casi superfluas. (Díganle «bonito» a su perro, en tono de enfado, o «malo», en tono de mimo, y comprenderán lo que quiero decir.) En su grado más tosco y más
intenso, este lenguaje es poco más que un «despilfarro» de sonidos verbalizados en una zona de comunicación ya atendida de otro modo. Su valor reside en las mayores posibilidades que proporciona para una señalización más sutil y más sensible del estado de ánimo. 

Una tercera forma de verbalización es el lenguaje exploratorio. Es el hablar por hablar, el lenguaje estético o, si lo prefieren, el lenguaje de juego. Ya hemos visto cómo otra forma de información-transmisión, la pintura, llegó a ser empleada como medio de exploración estética; pues bien, lo mismo ocurrió con el lenguaje. El poeta imitó al pintor. Pero lo que más nos interesa en este capítulo es el cuarto tipo de verbalización, al cual se ha dado recientemente el adecuado nombre de lenguaje de cortesía. Es la charla vana y cortés de las ocasiones sociales, el «hoy hace buen día» o el «¿ha leído usted últimamente algún buen libro?». No se realiza con él ningún intercambio de ideas o informaciones importantes, ni revela el verdadero estado de ánimo del que habla, ni es estéticamente agradable. Su función consiste en reforzar la sonrisa de saludo y
mantener la unión social. Es nuestro sucedáneo del aseo social. Al suministrarnos una preocupación social no agresiva, nos da la manera de manifestarnos unos a otros durante períodos de tiempo relativamente largos, creando y reforzando valiosos lazos de grupo y amistades. Desde este punto de vista, resulta divertido seguir el curso de la charla de cortesía durante un encuentro social. Representa su papel dominante inmediatamente después del inicial saludo ritual. Luego, pierde terreno, pero vuelve a recuperarlo en el momento en que el grupo se separa. Si éste se ha reunido por motivos puramente sociales, la charla de cortesía puede persistir durante todo el tiempo, con exclusión total del lenguaje de información, de sentimiento o de exploración. Las reuniones para tomar el aperitivo nos dan un buen ejemplo de esto; en tales ocasiones, el anfitrión o la anfitriona suelen impedir la conversación «seria», interrumpiendo las largas peroratas y procurando que intervengan todos los presentes, a fin de lograr un máximo contacto social. De esta manera, cada miembro del grupo es reiteradamente devuelto al estado de «contacto inicial», donde es más fuerte el estímulo de la charla de cortesía. Para que estas sesiones de ininterrumpida cortesía social sean eficaces, hay que invitar a un número considerable de personas, evitando así que se agoten los nuevos contactos antes de que la fiesta termine. Esto explica que en reuniones de esta clase se exija automáticamente un misterioso número mínimo de invitados. Las cenas con pocos comensales y de confianza dan lugar a una situación un poco diferente. La charla insustancial va decayendo a medida que transcurre la velada, y, con el paso del tiempo, ganan
terreno los intercambios de ideas y de información seria. Sin embargo, antes de que la fiesta llegue a su fin, se produce un breve resurgimiento de aquella charla, previamente al último ritual de despedida. Reaparece la sonrisa, y el lazo social recibe un último apretón que hará que se mantenga sólido hasta el próximo encuentro.

Si llevamos ahora nuestra observación al campo más serio de los encuentros de negocios, cuya principal función de contacto es la toma de información, advertiremos una más acusada pérdida de terreno de la charla de cortesía, pero no, necesariamente, su desaparición total. La expresión de la misma se limita, casi exclusivamente, a los momentos de apertura y de cierre. En vez de menguar poco a poco, como en los banquetes se extiende rápidamente después de unas cuantas cortesías iniciales, para reaparecer al término de la reunión, cuando ha sido señalado de algún modo, y por anticipado, el momento de la separación. Debido a nuestra acusada tendencia a la charla de cortesía, los grupos de negocios se ven generalmente obligados a exagerar el formalismo de sus reuniones a fin de eliminar aquélla. Esto explica el origen de los
procedimientos de comité, donde el formalismo alcanza unos extremos raras veces observados en
otras ocasiones sociales privadas.

Aunque el lenguaje de cortesía es nuestro más importante sucedáneo del aseo social, no es nuestro único desahogo a esta actividad. Nuestra piel desnuda puede no enviar señales de aseo particularmente excitantes; pero, con frecuencia, podemos emplear en su sustitución otras superficies más estimulantes. Las ropas muelles o peludas, las alfombras y ciertos muebles suscitan, a menudo, fuertes reacciones de aseo. Los animalitos domésticos son aún más incitantes, y pocos monos desnudos pueden resistir la tentación de acariciar la pelambre del gato o de rascarle al perro detrás de las orejas. El hecho de que el animal aprecie esta actividad de aseo social es sólo parte de la recompensa de su autor. Mucho más importante, para nosotros, es que la superficie del cuerpo del animal nos permite desahogar nuestros remotos impulsos primates de aseo.

En lo que atañe a nuestros propios cuerpos, pueden aparecer desnudos en la mayor parte de su superficie, pero todavía conservan en la región de la cabeza una frondosa mata de cabello disponible para el aseo. El pelo recibe grandísimos cuidados -muchos más de los que pueden explicarse por razones de simple higiene- por parte de personas especializadas, como barberos y peluqueros. Es difícil contestar inmediatamente la pregunta de por qué el peinado mutuo no ha llegado a ser una parte de nuestras funciones sociales domésticas corrientes. ¿Por qué -pongo por caso- hemos perfeccionado el lenguaje de cortesía como especial sucedáneo del más típico aseo amistoso de los primates, cuando habríamos podido concentrar fácilmente nuestros primitivos impulsos de aseo en la región de la cabeza? La explicación parece radicar en el significado sexual del cabello. En su forma actual, la disposición del pelo de la cabeza difiere extraordinariamente entre los dos sexos y, por ende, constituye una característica sexual secundaria. Sus asociaciones sexuales han influido inevitablemente en los hábitos de comportamiento sexual, hasta el punto de que el acto de mesar o acariciar el cabello de otra persona es, hoy en día, una acción demasiado
cargada de sentido erótico para ser permisible como simple ademán amistoso social. Si, como consecuencia de esto, ha quedado prohibido en las reuniones sociales entre amigos, es necesario encontrar otro desahogo a nuestro impulso. Acariciar un gato o pasar la mano sobre la tapicería de un sofá pueden ser un desahogo a nuestro impulso de asear, pero la necesidad de ser aseado requiere un contexto especial. El salón de peluquería es la respuesta perfecta. El parroquiano puede someterse al aseo, a plena satisfacción, sin el menor temor de que ningún elemento sexual se interfiera en el procedimiento. Este peligro queda eliminado por el hecho de haber formado una categoría especial de cuidadores profesionales, completamente separada del grupo «tribal» de amistades. El empleo de cuidadores varones para los varones, y hembras para las hembras, ha reducido todavía más el riesgo. Cuando no se hace así, la sexualidad del cuidador se reduce en
cierto modo. Si una hembra es atendida por un peluquero varón, éste se comporta generalmente de un modo afeminado, con independencia de su verdadera personalidad sexual. Los varones son casi siempre atendidos por barberos del mismo sexo; pero, si se emplea una masajista hembra, ésta suele ser bastante masculina.

Como pauta de comportamiento, el cuidado del cabello tiene tres funciones. No sólo limpia el cabello, siendo un desahogo del impulso del aseo social, sino que sirve también para hermosear al individuo. El adorno del cuello con propósitos sexuales, agresivos o sociales de otra clase, es un fenómeno muy extendido en el mono desnudo, y ha sido estudiado bajo otros titulares en otros capítulos. Su verdadero sitio no está en un capítulo dedicado al comportamiento con fines de comodidad, salvo que, con frecuencia, parece derivar de cierta actividad de aseo. El tatuaje, el afeitado, el corte de cabello, la manicura, la perforación de las orejas y las formas más primitivas de escarificación, parecen tener su origen en simples acciones de aseo. Pero así como la charla de cortesía ha sido tomada de otra parte y utilizada como sustitutivo del aseo, aquí se ha invertido el procedimiento y los actos de aseo han sido tomados de prestado y utilizados para otros fines. Al asumir la función exhibicionista, las primitivas acciones de comodidad referentes al cuidado de la piel se transformaron en algo equivalente a la multiplicación de ésta.

Esta tendencia puede observarse también en ciertos animales en cautividad de los parques zoológicos. Rascan y lamen con anormal intensidad, hasta dejar manchas lampiñas o producir pequeñas heridas en su propio cuerpo o en el de sus compañeros. Este aseo excesivo es producto de un estado de tensión o de aburrimiento. Condiciones parecidas pudieron muy bien incitar a miembros de nuestra especie a mutilar las superficies de su cuerpo, en cuyo caso la piel descubierta y lampiña les habría servido de ayuda y de acicate. Sin embargo, en nuestro caso, el innato oportunismo que nos caracteriza nos permitió explotar esta tendencia, por lo demás peligrosa y perjudicial y utilizarla como procedimiento de exhibición decorativa.

Otra tendencia, más importante, nació del simple cuidado de la piel; me refiero a la cuestión médica. Otras especies han avanzado poco en este aspecto; en cambio, en el caso del mono desnudo la evolución de la práctica médica, a partir del comportamiento de aseo social, ha tenido una influencia enorme en el floreciente desarrollo de la especie, particularmente en los tiempos más recientes. En nuestros más próximos parientes, los chimpancés, podemos ya observar el inicio de esta tendencia. Además del cuidado general de la piel y del aseo mutuo, se ha podido observar que el chimpancé cura las leves lesiones físicas de sus compañeros. 

Examinan cuidadosamente las pequeñas llagas y heridas y las lamen hasta dejarlas limpias. Extraen astillas, pellizcando con los dedos índices la piel del camarada. En una ocasión, una hembra chimpancé, que tenía una carbonilla en el ojo izquierdo, se acercó a un macho, temblando y dando muestras de evidente desazón. 

El macho se sentó, la examinó cuidadosamente y después extrajo la carbonilla con gran cuidado y precisión, empleando los pulpejos de un dedo de cada mano. Esto es más que simple aseo. Es la primera señal de un verdadero cuidado médico cooperativo. Pero, en los chimpancés, el incidente descrito equivale a su  expresión en el grado máximo. En cambio, en nuestra especie, con el incremento de la inteligencia y del sentido de colaboración, esta clase de aseo especializado tenía que ser el punto de partida de una importante tecnología de ayuda mutua física. El mundo médico actual ha alcanzado una condición de tal complejidad que se ha convertido, socialmente hablando, en la principal expresión de nuestro comportamiento animal de bienestar. Partiendo de la cura de trastornos leves, ha llegado a enfrentarse con las más graves enfermedades y con los peores daños corporales. Como fenómeno biológico, sus logros son extraordinarios; pero, al hacerse racional, sus elementos irracionales han sido en cierto modo desestimados. 

Para comprenderlo, es imposible distinguir entre casos graves y triviales de «indisposición». Como ocurre en todas las especies, el mono desnudo puede romperse una pierna o verse infectado por un parásito maligno, por simple accidente o casualidad. En cambio, en el caso de dolencias triviales, no todo es lo que parece. 

Las infecciones y enfermedades leves son generalmente tratadas de manera racional, como si no fuesen más que versiones benignas de dolencias graves, pero hay pruebas elocuentes que sugieren que, en realidad, guardan mucha relación con las primitivas «exigencias de aseo». Los síntomas médicos revelan un problema de comportamiento que, más que un verdadero problema físico, ha tomado forma física.

Hay muchos ejemplos de dolencias corrientes y que podríamos llamar de «invitación al aseo», como son la tos, los resfriados, la gripe, el dolor de espalda, la jaqueca, algunos trastornos gástricos, el dolor de garganta, el estado bilioso, las anginas y la laringitis. El estado del paciente no es grave, pero sí lo bastante enfermizo para justificar unos mayores cuidados por parte de sus compañeros de sociedad. Los síntomas actúan de la misma manera que las señales de invitación al aseo, motivando comportamientos confortadores por parte de médicos, enfermeras, farmacéuticos, amigos y parientes. El paciente provoca una reacción de simpatía amistosa y de atención, y, en general, esto basta para curar la enfermedad. La administración de píldoras y de medicamentos sustituye a las antiguas acciones de aseo y da pie a un rito operacional que mantiene la relación entre paciente y cuidador, a través de esta fase especial de interacción social. La exacta naturaleza de los medicamentos tiene poca importancia entre las prácticas de la medicina moderna y las de
los antiguos hechiceros.

Es probable que se levanten objeciones a esta interpretación de las dolencias leves, sobre la base de que la observación demuestra la presencia de verdaderos virus o bacterias. Si están allí y puede demostrarse que son la causa médica del resfriado o del dolor de estómago, ¿por qué tenemos que buscar una explicación a base del comportamiento? La respuesta es que, por ejemplo, en las grandes ciudades todos estamos continuamente expuestos a estos virus y bacterias corrientes, a pesar de lo cual sólo ocasionalmente somos víctimas de ellos. Además, ciertos individuos son mucho más susceptibles que otros. Los miembros de una comunidad que tiene éxito en sus empresas o que están socialmente bien situados, raras veces padecen «dolencias de invitación al aseo». En cambio, los que tienen problemas sociales, temporales o permanentes, son sumamente susceptibles a ellas. El aspecto más intrigante de estas enfermedades es que parecen hechas a medida de las peculiares exigencias del individuo. Si una actriz, pongo por caso, sufre tensiones o contratiempos sociales, ¿qué le sucede? Pues que pierde la voz o contrae una laringitis, viéndose obligada, por tanto, a dejar de trabajar y a tomarse un descanso. Entonces recibe cuidados y consuelos. Y cesa la tensión (al menos de momento). Si en vez de esto hubiera tenido un sarpullido, habría podido disimularlo con el traje y seguir trabajando. Y la tensión habría continuado. Compárese su situación con la de un boxeador profesional. A éste, la afonía no le serviría para nada como «dolencia de invitación al aseo»; en cambio, el sarpullido sería la enfermedad ideal, y, de hecho, es la dolencia de que suelen quejarse a sus médicos los
profesionales del músculo. A este respecto, es curioso observar que una actriz famosa, cuya reputación descansa en sus apariciones desnudas en las películas, no padece laringitis, sino sarpullidos, en los momentos de tensión. Debido a que la exposición de su piel es vital, como en los boxeadores, sigue a éstos, y no a las actrices, en su categoría de dolencias. 

Si la necesidad de cuidados es intensa, la dolencia se hace también más intensa. La época de nuestra vida en que recibimos más protección y asiduos cuidados es la de la infancia, cuando estamos en nuestras camitas. Por consiguiente, una dolencia lo bastante seria para hacernos guardar cama tiene la gran ventaja de volver a crear, para todos nosotros, las cuidadosas atenciones de nuestra segura infancia. Podemos pensar que tomamos una fuerte dosis de seguridad. (Esto no implica el fingimiento de la enfermedad. No hay necesidad de fingir. Los síntomas son reales. En el comportamiento está la causa, no los efectos.)

Todos somos, hasta cierto punto, cuidadores frustrados, además de pacientes, y la satisfacción que se puede obtener de cuidar al enfermo es tan fundamental como la causa de la enfermedad. Algunos individuos sienten una necesidad tan grande de cuidar a los demás, que pueden provocar y prolongar activamente la enfermedad de un compañero, a fin de poder expresar con mayor plenitud sus afanes cuidadores. Esto puede producir un círculo vicioso, exagerándose desmedidamente la situación entre cuidador y paciente, hasta el punto de crearse un inválido crónico que exige (y obtiene) una atención constante. Si los componentes de una «pareja» de este tipo se enfrentasen con la verdadera causa de su conducta recíproca, la negarían acaloradamente. Sin embargo, son asombrosas las curaciones milagrosas que se logran, a veces, en tales casos, cuando se produce una importante conmoción social en el medio creado entre cuidador y cuidado (enfermera-paciente). Los que curan por la fe han explotado ocasionalmente esta situación, pero,
desgraciadamente para ellos, muchos de los casos con que se enfrentan tienen causas físicas, además de efectos físicos. También tienen en su contra la circunstancia de que los efectos físicos de las «dolencias de invitación al aseo» producidas por el comportamiento pueden originar daños corporales irreversibles, si son lo bastante prolongadas o intensas. Si ocurre esto, resulta indispensable un tratamiento médico serio y racional.

Hasta aquí, me he referido a los aspectos sociales, en nuestra especie, del comportamiento confortador. Como hemos visto, se han efectuado grandes progresos en esta dirección, pero esto no ha excluido ni remplazado las formas más sencillas de limpieza o de cuidados en la propia persona. Como otros primates, seguimos rascándonos, frotándonos los ojos, limpiándonos las llagas y lamiéndonos las heridas. También compartimos con ellos una marcada inclinación a tomar baños de sol. Además, hemos añadido una serie de hábitos culturales especializados, el más común y extendido de los cuales es el lavado con agua. Esto es raro en otros primates, aunque ciertas especies se bañan de un modo ocasional; en cambio, en la mayoría de nuestras comunidades, el lavado desempeña el papel más importante en la limpieza corporal.

A pesar de sus evidentes ventajas, el lavado frecuente con agua entorpece en gran manera la producción de sales y grasas antisépticas y protectoras por las glándulas de la piel y, hasta cierto punto, puede dar lugar a que la superficie del cuerpo sea más vulnerable a la enfermedad. Si, a pesar de esta desventaja, persiste, es sólo debido a que, al eliminar las grasas y sales naturales, elimina también la suciedad origen de las dolencias.

Además de los problemas de limpieza, la actitud general de comportamiento a efectos de cuidados, incluye los géneros de actividad encaminados a mantener una adecuada temperatura del cuerpo. Como las aves y todos los mamíferos, fuimos dotados, por la evolución, de una temperatura elevada y constante, gracias a la cual aumentó considerablemente nuestra eficacia fisiológica. Si gozamos de buena salud, nuestra temperatura corporal profunda no varía más de medio grado centígrado, con independencia a la temperatura del medio exterior. Esta temperatura interna fluctúa según un ritmo diario, alcanzando el grado máximo a la caída de la tarde y el mínimo alrededor de las cuatro de la mañana. Si el medio exterior es demasiado cálido o demasiado frío, experimentamos inmediatamente una acusada incomodidad. Las desagradables sensaciones que experimentamos actúan como un sistema de alarma, avisándonos la urgente necesidad de hacer algo para evitar que los órganos internos del cuerpo se enfríen o se calienten de manera desastrosa. Aparte de estas reacciones inteligentes y voluntarias, el cuerpo adopta ciertas medidas automáticas para estabilizar su nivel de calor. Si el medio se hace demasiado cálido, se produce una vasodilatación. Esto da un calor mayor a la superficie del cuerpo y facilita la pérdida de calor a través de la piel. Entonces, el individuo suda copiosamente. Cada uno de nosotros posee aproximadamente dos millones de glándulas sudoríparas. En condiciones de intenso calor, éstas pueden segregar un máximo de un litro de sudor por hora. La evaporación de este líquido en la superficie del cuerpo nos da otra valiosa forma de pérdida de calor. Durante el proceso de aclimatación a un medio más cálido, aumenta considerablemente nuestra capacidad de sudar. Esto es de vital importancia, porque, incluso en los climas más cálidos, la temperatura interna de
nuestro cuerpo puede sólo resistir una subida de 0,2 grados centígrados, al margen del origen racial.

Si el medio se hace demasiado frío, nuestra reacción cobra la forma de vasoconstricción y de temblores. La vasocontricción ayuda a conservar el calor del cuerpo, y los temblores pueden aumentar hasta tres veces la producción de calor estática. Si la piel está expuesta a un frío intenso durante un tiempo, existe el peligro de que la vasoconstricción prolongada sea causa de congelaciones. La región de la mano posee un sistema anticongelante de gran importancia. Al principio, las manos reaccionan al frío intenso con enérgicas vasoconstricciones; después, al cabo de unos cinco minutos, la cosa se invierte y se produce una fuerte vasodilatación, con el consiguiente calentamiento y enrojecimiento de las manos. (Cualquiera que haya jugado con nieve durante el invierno habrá observado este fenómeno.) La constricción y dilatación de la región de la mano sigue produciéndose de manera alterna, y, de este modo, las fases de constricción reducen la pérdida de calor, mientras que las fases de dilatación evitan las congelaciones. Los individuos que
viven permanentemente en climas fríos experimentan otras formas diversas de aclimatación del cuerpo, entre las que figura un ligero aumento del metabolismo basal.

Al extenderse nuestra especie sobre el Globo, se han sumado importantes adelantos culturales a estos mecanismos biológicos de control de la temperatura. El fuego, la ropa y las viviendas aisladas han servido para combatir la pérdida de calor, y la ventilación y la refrigeración han sido empleadas contra el calor excesivo. Pero, por muy importantes que hayan sido estos adelantos, no han alterado en modo alguno la temperatura interna de nuestro cuerpo. Han servido, simplemente, para controlar la temperatura externa, a fin de que podamos seguir disfrutando de nuestro primitivo nivel de la temperatura primate dentro de un marco más diverso de condiciones externas. A pesar de cuanto algunos hayan dicho, ciertos experimentos interrumpidos , a base de técnicas especiales de congelación del cuerpo humano, siguen confinados en el reino de la ciencia ficción.

Antes de poner punto final al tema de las reacciones calóricas, conviene mencionar un aspecto particular del sudor. Minuciosos estudios sobre las reacciones sudoríparas en nuestra especie han demostrado que éstas no son tan sencillas como parece a primera vista. La mayoría de las zonas de la superficie del cuerpo empiezan a transpirar abundantemente cuando aumenta el calor, y ésta es, indudablemente, la respuesta original y básica del sistema glandular sudoríparo. Pero ciertas regiones reaccionan a otros tipos de estímulo, y en ellas puede producirse sudor independientemente de la temperatura exterior. Por ejemplo, la ingestión de alimentos muy cargados de especias da pie a un hábito particular de exudación facial. La tensión emocional hace que suden las palmas de las manos, las plantas de los pies, las axilas y, en ocasiones, la frente, pero no las otras partes del cuerpo. Pero todavía puede hacerse otra distinción entre las zonas de
sudor emocional, pues las palmas de las manos y las plantas de los pies difieren de las axilas y de la frente. Las dos primeras regiones responden solamente a situaciones emocionales, mientras que las dos últimas reaccionan tanto a los estímulos de la emoción como a los de la temperatura. De esto se desprende claramente que las manos y los pies han «tomado prestado» el sudor del sistema de control calórico y lo emplean en un nuevo contexto funcional. La humectación de las palmas de las manos y de las plantas de los pies en momentos de tensión parece que ha llegado a ser una forma especial de la reacción de «listo para todo» que experimenta el cuerpo cuando amenaza algún peligro. La acción de escupirse en las manos antes de empuñar el hacha es, en cierto modo, el equivalente no fisiológico de este proceso.

Tan sensible es la respuesta del sudor palmar, que esta reacción puede agudizarse de pronto en comunidades o naciones enteras, si su seguridad comunitaria se ve de algún modo amenazada. Durante una reciente crisis política, al aumentar temporalmente el peligro de guerra nuclear, todos los experimentos que estaba realizando un instituto de investigación sobre el sudor palmar tuvieron que interrumpirse, debido a que éste había alcanzado un nivel tan anormal que todas las pruebas habrían carecido de significación. La lectura de las palmas de las manos por un adivino puede no decirnos gran cosa sobre el futuro; en cambio, su lectura por un fisiólogo puede decirnos algo sobre nuestros temores por el futuro. 



Fuente:
El mono desnudo: Un estudio del animal humano / Desmond Morris; tr. J. Ferrer Aleu. 2a ed. México, D. F.: Random House Mondadori, 2005

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