lunes, 10 de diciembre de 2012



En aquellos días no había dinero para comprar libros. Yo los tomaba prestados de Shakespeare and Company, que era la biblioteca circulante y librería de Sylvia Beach, en el 12 de la rué de 1'Odén. en una calle que el viento frío barría, era un lugar caldeado y alegre, con una gran estufa en invierno, mesas y estantes de libros, libros nuevos en los escaparates, y en las paredes fotos de escritores tanto muertos como vivos. Las fotos parecían todas instantáneas e incluso los escritores muertos parecían estar realmente en vida. Sylvia tenía una cara vivaz de modelado anguloso, ojos pardos tan vivos como los de una bestezuela y tan alegres como los de una niña, y un ondulado cabello castaño que peinaba hacia atrás partiendo de su hermosa frente y cortaba a ras de sus orejas y siguiendo la misma curva del cuello de las chaquetas de terciopelo que llevaba. Tenía las piernas bonitas y era amable y alegre y se interesaba en las conversaciones, y le gustaba bromear y contar chistes. Nadie me ha ofrecido nunca más bondad que ella.

La primea vez que entré en la librería estaba muy intimidado y no llevaba encima bastante dinero para suscribirme a la biblioteca circulante. Ella me dijo que ya le daría el depósito cualquier día en que me fuera cómodo y me extendió una tarjeta de suscriptor y me dijo que podía llevarme los libros que quisiera.
No había razón para que ella confiara en mí. No me conocía, y la dirección que le di, en el 74 de la rué Cardinal-Lemoine, no era como para inspirar optimismo. Pero Sylvia estuvo encantadora, sonriente y cordial, y a sus espaldas, subiendo hasta el techo y entrando en la trastienda que daba al patio, se desplegaba, estante tras estante, la riquezas  de la librería.

Empece con Turguéniev y me llevé los dos tomos de los Apuntes de un cazador más uno  de los primeros libros de D. H. Lawrence, creo que era Hijos y amantes, y Sylvia me dijo qu eme llevara más libros si lo deseaba. Escogí la traducción de Constance Garnett de La guerra y la paz, y el El jugados y otras narraciones, de Dostoyevski.

-Tardará usted en volver si tiene que leerse todo eso -Dijo Sylvia
-Volveré a pagarle -dije-. Tengo dinero en casa.
-No, si no es por eso -dijo-. Me paga cuando le vaya bien.
-¿Cuándo  viene por aquí Joyce? -pregunté.
-Si viene, acostumbra a ser a última hora de la tarde -dijo-. ¿No le conoce usted?
-De vista, en Michaud, cuando comía con su familia -dije-. Pero no le he visto bien porque no se debe mirar a la gente cuando comen, y además Michaud es caro.
-¿Come usted en casa?
-Ahora sí, la mayoría de las veces -dije-.Tenemos una buena cocinera.
-No hay ningún restaurante cerca de donde vive usted, ¿verdad?
-No. ¿Cómo lo sabe usted?
-Larbaud vivía allí -dijo-. Le gustaba mucho el barrio salvo por eso.
-Para encontrar un restaurante bueno y barato hay que ir más allá del Panteón.
-Yo conozco poco aquel barrio. Nosotros comemos en casa. Tiene usted que venir alguna vez con su esposa.
-Antes de invitarme, espere a que le pague -dije-. Pero se lo agradezco mucho.
-No lea con prisas -dijo.
El piso de la rué Cardinal-Lemoine tenía dos habitaciones sin agua caliente y sin más dispositivo higiénico que un recipiente con antiséptico, que de todos modos no era molesto para una persona acostumbrada a las letrinas de los patios del Michigan.
Con su buena vista, y con su buen colchón y somier que armaba una cama cómoda aunque baja, y cuadros que nos gustaba en las paredes, era un piso alegre y simpático. Al llegar con mis libros le conté a mi mujer mi maravilla de hallazgo.
-Pero Tatie, tienes que ir a pagar esta misma tarde -dijo ella.
-Claro que voy a ir -dije-. Iremos juntos. Y luego pasearemos por el río siguiendo los muelles.
-Iremos por la rué de Seine y entraremos en todas las exposiciones y miraremos los escaparates.
-Estupendo. Podemos ir a cualquier parte y nos metemos en un café nuevo donde nadie nos conozca y tomaremos una copa.
-Podemos tomar dos copas.
-Entonces también podemos cenar en alguna parte
-Eso no. No olvides que hay que pagar en la librería.
-Bueno, volveremos y cenaremos aquí y tendremos una buena cena y para beber compraremos vino de Beaune de eses de la cooperativa de enfrente que marca el precio en el escaparate. Y luego leeremos un rato y nos iremos a la cama y haremos el amor.
-Y vos te querré siempre a ti y tú siempre a mí
-Siempre. Y a nadie más.
-Estoy muerto de hambre -dije-. He estado trabajando en el café y no he tomado más que un cortado.
-¿Qué tal el trabajo?
-Me parece que bien. Veremos. ¿Qué hay para comer?
-Unos rábanos, y un buen foie de veau con puré de patatas y escarola. Y tarta de manzana.
-Y tendremos para leer todos los libros del mundo y cuando nos marchemos de viaje nos los podremos llevar.
-¿Hay derecho a hacer eso?
-Claro que sí
-Hombre -dijo ella-. Qué suerte encontrar eso.
-Siempre estamos de suerte -dije, y como necio no toqué madera. Y en un piso que tenía madera por todas partes.


Fuente:

París era una fiesta / Ernest Hemingway. Barcelona: Seix-Barral, 2003

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