domingo, 9 de diciembre de 2012






Sloterdijk lee la obra temprana de Nietzsche como parte de una tradición subversiva distanciada de la disputa del idealismo alemán. En El pensador en escena. El materialismo de Nietzsche. (1986), llama a esta tradición “materialismo dionisíaco”. Bajo este nombre, se encuentra el intento de reunir las corrientes postmarxistas y postnietzscheanas. Dado que este concepto es de gran importancia para la obra de Sloterdijk, es una pena que no lo haya aclarado posteriormente: “Llevo este concepto en la cabeza como una lámpara de minero, sin la cual no podría seguir las cavilaciones que me desafían” (No se ha podido localizar la fuente que cita van Tuinen)



Como ya es sabido, Dioniso personifica en la obra de Nietzsche la embriaguez subversiva del cuerpo y la horripilante verdad del efímero “Dasein”, verdad que es soportada sólo gracias al principio de lo apolíneo, que con sus duraderas leyes de moderación y belleza brinda un escenario seguro y vivible. Lo dionisíaco es, en pocas palabras, la fuerza permanente subversiva, que ya en ”El nacimiento de la tragedia” acontece junto con la vida. Pero el tema del libro de Sloterdijk sobre Nietzsche es, antes que nada, el del segundo contraste de ”El nacimiento de la tragedia.”, ”el contraste entre Dioniso y Sócrates, entre lo trágico y lo no-trágico o entre la vida y la negación de ésta”. [El pensador en escena (PE), 107-111] En el libro se dice que Dioniso no debía ser adorado como dios de la vida solamente en los teatros de la alta cultura, sino también en la vida cotidiana. “Si la tragedia no debe ser en todo momento más que una orgía en lugar de una orgía, esto termina siendo, en definitiva -reconociendo la ventaja obtenida en esta sustitución-, una objeción contra la tragedia”.[PE 112] Esto no significa que la orgía deba volverse crónica, sino que para nosotros su verdad siempre debería ser actual.[PE 114] Esa es para Sloterdijk la labor de la filosofía, misma que ha sido olvidada por Sócrates. En Sócrates nos encontramos por vez primera con la metafísica- la búsqueda del orgiasmo perdido, que se puso a sí mismo en el lugar de lo buscado - y la teoría - originada a partir de la supresión de la “conciencia dionisíaca de la venida del mundo”[PE 116] y ” la implantación de una visión del mundo objetiva e inmóvil”[PE 116] -, que todavía sobrevive en nuestro pensar. Esto no significa que debamos vivir como un dios, como lo quería Nietzsche en los días de su derrumbamiento. Sloterdijk antepone a Nietzsche la alternativa de Diógenes, el salvador dionisíaco frente a los excesos de lo dionisíaco. Esto es una advertencia a los filósofos dionisíacos frente al caso de la encarnación. El materialismo de Diógenes es la vida en sí, sin que por ello Dioniso deba ser personificado, encarnado. “Le recuerda -Diógenes a Nietzsche- que no existe ningún logos capaz de encarnar a Dionisos -la corporalidad espiritual de la propia vida ya es Dionisos-, así como que toda duplicación de esta corporalidad primaria a través de la encarnación de un imaginario Dionisos sólo podría conducir a la locura”.



La fijación de Diógenes por la corporalidad es una anti-filosofía dionisíaca, que se desarrolla como una reacción a la doctrina platónica de las ideas. Es un materialismo dionisíaco, que a diferencia de materialismos anteriores, es no-dialéctico y que para Sloterdijk genera la base sobre la que podemos preguntar por el cuerpo antes del origen de la subjetividad en el mundo actual de instituciones morales y políticas -“la columna vertebral apolínea de las culturas”[PE 162]-. En la ironía dionisíaca se da la posibilidad de un nuevo “despertar a la filosofía”[PE 162], en el que la verdad venga desde abajo. Con esto se posiciona Sloterdijk en una tradición ilustrada de crítica de la religión y del poder, que vuelve a materialistas franceses como Diderot, d’Holbach, Voltaire y La Metrie; tradición que fue continuada en el siglo XIX por los materialistas Feuerbach, Marx, Heine y Strauss.



Fuente:
Peter Sloterdijk. Ein Profil / Sjoerd van Tuinen. Paderborn [Alemania]: Wilhel Fink, 2006.

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