lunes, 17 de diciembre de 2012




Al principio eran sólo sonidos, pero al rato llegó a percibir palabras entrecortadas, como de alguien que se estuviera ahogando y pidiera auxilio dentro del agua. Finalmente comprendió algunas frases.

      - ¿Qué? ¿Que vaya yo?... ¿Adónde?... ¿Que vaya adónde? ¿Al fin del mundo?... ¿Que vaya al Infierno? ¿Quién habla? ¿Quién dice semejante cosa? ¿Quién es? ¡Ah! Con que eres tú...

      El discípulo detuvo la mano que revolvía la pintura y escrutó el rostro del maestro, pálido y cubierto por gruesas gotas de sudor, la boca abierta desdentada y los labios trémulos y arrugados. Dentro esa boca algo se movía como manejado por un hilo: era la lengua; de ella salían las palabras delirantes.

      - Con que eres tú... Tú. Desde un principio supe que eras tú. ¿Qué?¿ Que viniste a buscarme? Por eso quieres que vaya al Infierno, a ese Infierno... ¿ Qué?¿ Que mi hija me espera allí?

      En este punto el discípulo fue presa de tal terror que creyó ver bajar una sombra misteriosa rozando la superficie del cuadro. Tomó por la mano al Maestro. Y lo sacudió con fuerza, pero no consiguió arrancarlo de su postración y continuó oyendo frases incoherentes. Le arrojó entonces al rostro el agua que tenía al lado para lavar los pinceles.

      - ¿Que me estás esperando, y que suba a la carroza?...¿ En esta carroza?...¿ Al Infierno?...- proseguía delirante.

      Al decir estas últimas palabras su voz se convirtió en un lamento agudo, estrangulado. Por fin abrió los ojos y se levantó sobresaltado. Tenía la mirada perdida y el semblante demudado, como si en el fondo de los ojos continuase viendo los fantasmas del sueño. Volvió en sí, se levantó y dijo ásperamente al discípulo:

      - Puede retirarse.

      Éste se retiró sin protestar porque sabía que las órdenes del maestro no se discutían. Cuando vio la luz del día se preguntó si no acababa de vivir una pesadilla. Luego se tranquilizó.

      Pero puedo deciros que esto no fue nada. Un mes más tarde, otro discípulo fue llamado al taller. El maestro lo recibió con la punta del pincel en la boca y ordenó:
      - Lo siento, pero tendrá que desnudarse como la vez pasada.

      Como ya anteriormente le había pedido que posara desnudo, no le asombró la orden y se apresuró a cumplirla. Cuando terminó de desvestirse, Yoshihide le dirigió una mirada extraña y agregó:

      - Pero, esta vez quiero dibujarlo con cadenas de modo que aunque lo lamento mucho, tendrá que hacer lo que le mando.

      Hablaba fríamente; no parecía lamentarlo mucho. El discípulo era un hombre robusto que se diría nacido para manejar la espada y no el pincel, pero las palabras del maestro lo dejaron tieso. Comentaba luego cada vez que recordaba ese momento: " Creí que había enloquecido y que me mataría".

      Un poco fastidiado por el aire irresoluto del discípulo, Yoshihide extrajo de no se sabe dónde una fina cadena de hierro, y haciéndola sonar, se le abalanzó por la espalda y lo maniató en un momento; rodeó su cuerpo con varias vueltas oprimiéndolo con brutalidad, y ajustó con tanta violencia la punta de la cadena que el discípulo perdió el equilibrio cayendo ruidosamente sobre el piso.



Fuente: 
El biombo del infierno y otros cuentos / Ryûnosuke Akutawa. [s. l] : La mandrágora, 1959


Pintura:
Infierno de pájaros de Max Beckmann. Pintura. Alemania, 1938.

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