sábado, 29 de diciembre de 2012




Me acomete el temor de que Sherlock Holmes acabe convirtiéndose en uno de esos tenores famosos que, por haber sobrevivido a la época de sus triunfos, se dejan llevar de la tentación de repetir una y otra vez sus saludos escénicos de despedida ante públicos indulgentes. Esto tiene que acabar, y Sherlock Holmes debe seguir el camino de todo lo que es carne en el sentido materias o en el de la fantasía. Es grato pensar que existe algún fantástico limbo para las criaturas de la imaginación, algún lugar desconocido e imposible en el que los elegantes de Fielding siguen haciendo el amor a las hermosas de Richardson y se contornean pomposos los héroes de Scott, y los encantadores Cockneys de Dickens arrancan todavía risas, y los mundanos de thackeray persisten en su conducta censurable. Quizá Sherlock Holmes y su Watson hallen
un rincón humilde en este Walhalla, dejando el puesto que ocuparon en el escenario a algún sabueso todavía más astuto, y al que acompañe un camarada que lo sea todavía menos.

La carrera de Sherlock Holmes ha sido larga, aunque quizás hay tendencia a exagerarla, como lo hacen esos caballeros decrépitos que se me acercan para manifestarme que sus aventuras constituyeron la lectura de su niñez, sin que su cumplido despierte en mí las muestras de satisfacción que ellos esperaban. A nadie le resulta muy grato que se manipule tan poco amablemente con las fechas de la vida de un mismo. La realidad fría es que Holmes se estrenó en Estudio en Escarlata y en El signo de los cuatro, dos libretos que vieron la luz pública entre el 1887 y el 1889. El año 1891 fue cuando apareció en The Strand Magazine la primera de una larga serie de novelas cortas: Un escándalo en Bohemia. Los lectores gustaron de ellas y pidieron más: por eso se han ido publicando desde aquella fecha en serie discontinua que en la actualidad abarca no menos de cincuenta y seis novelas, reeditadas en las Aventuras, las Memorias, La Reaparición y Su último saludo en el escenario, quedando aún estas doce, que aparecieron en el transcurso de los últimos años, y que ahora publicamos bajo el título de El archivo de Sherlock Holmes. Holmes inició sus aventuras en plena era post-victoriana; se prolongaron éstas durante todo el demasiado breve reinado del Eduardo, y hasta en estos días febriles que vivimos se las ha arreglado para conservar su propio huequecito aparte. Por eso se puede decir de él con verdad que quienes de jóvenes leyeron acerca de él, han vivido lo suficiente para ver cómo sus hijos, ya mayores, seguían las mismas aventuras en la misma revista. Es éste un ejemplo sorprendente de la paciencia y de la lealtad de los lectores ingleses.

Al dar fin a las Memorias estaba yo completamente decidido a acabar con Holmes, convencido de que no debía dejar que mis energías literarias se vertiesen con exceso en un mismo cauce. Aquella cara pálida de rasgos marcados y aquel cuerpo de miembros relajados estaban acaparando una parte indebida de mi imaginación. Le maté pero, por buena estrella, ningún juez de investigación había levantado el cadáver y pronunciado sentencia; no me fue, pues, difícil, después de un largo intervalo, satisfacer a las halagadoras demandas y dejar sin efecto, mediante explicaciones, aquella violenta acción mía. Nunca lo he lamentado. He podido comprobar en la práctica que esta clase de esbozos no me han impedido lanzarme a explorar, hasta el límite de mi capacidad, otras ramas de la literatura tan diversas como la historia, la poesía, la novela
histórica, las investigaciones psíquicas y el drama. Si no hubiese existido Holmes, yo no habría sido capaz de hacer más, aunque quizá se haya interpuesto un poco en el camino de la apreciación por el público de mi labor literaria más importante.

¡Adiós, pues, a Sherlock Holmes, lector! Te doy gracias por tu constancia en el pasado, y yo me animo a esperar que algún pago habrás recibido por ella en forma de distracción de las preocupaciones de la vida y estimulante cambio de la atención cerebral, cosas que sólo pueden encontrarse en el reino maravilloso de la ficción novelesca.



Fuente:
El archivo de Sherlock Holmes / Arthur Conan Doyle. 3a ed. México: Fontamara, 1989

Imagen:
Uma estátua do Sherlock Holmes em Londres de Cindi Andrie. Fotografía. Portugal, 25 de abril de 2012

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