lunes, 10 de diciembre de 2012




Aidons l'hydre á vider son brouillard*
MALLARMÉ, Divagations, p. 352.


LAS FUERZAS imaginantes de nuestro espíritu se desenvuelven sobre dos ejes muy diferentes.
Unas cobran vuelo ante la novedad; se recrean con lo pintoresco, con lo vario, con el acontecimiento inesperado. La imaginación animada por ellas siempre tiene una primavera que describir. Lejos de nosotros,
en la naturaleza, ya vivientes, producen flores. 
Las otras fuerzas imaginantes ahondan en el fondo del ser; quieren encontrar en el ser a la vez lo primitivo y lo eterno. Dominan lo temporal y la historia. En la naturaleza, en nosotros y fuera de nosotros, producen gérmenes; gérmenes cuya forma está fijada en una sustancia, cuya forma es interna.
Expresándonos ya en términos filosóficos, podríamos distinguir dos imaginaciones: una imaginación que alimenta la causa formal y una imaginación que alimenta la causa material o, más brevemente, la imaginación formal y la imaginación material. En efecto, para un estudio filosófico completo de la creación poética nos parecen indispensables estos conceptos expresados de un modo abreviado. Es necesario que una causa sentimental, íntima, se convierta en una causa formal para que la obra tenga la variedad del verbo, la vida cambiante de la luz. Pero además de las imágenes de la forma, evocadas tan a menudo por los psicólogos de la imaginación, existen —lo vamos a demostrar— imágenes directas de la materia. La vista las nombra, pero la mano las conoce. Una alegría dinámica las maneja, las amasa, las aligera. Soñamos esas imágenes de la materia, sustancialmente, íntimamente, apartando las formas, las formas perecederas, las vanas imágenes, el devenir de las superficies. Tienen un peso y tienen un corazón.
Sin duda, obras hay en que las dos fuerzas imaginantes cooperan. Incluso es imposible separarlas por completo. El ensueño más móvil, el más metamorfoseante, el que más por entero se entrega a las formas, conserva por lo menos un lastre, una densidad, una lentitud, una germinación. En cambio, toda obra poética que desciende al germen del ser lo bastante profundamente como para encontrar la sólida constancia y la hermosa monotonía de la materia, toda obra poética que extrae su fuerza de la acción vigilante de una causa sustancial debe florecer, adornarse. Tiene que acoger, para la seducción primera del lector, las exuberancias de la belleza formal.
En razón de esa necesidad de seducir, la imaginación trabaja por lo general tendiendo hacia donde va la alegría —o al menos una alegría— en el sentido de las formas y de los colores, en el sentido de las variedades y de las metamorfosis, en el sentido de una perspectiva de la superficie. Abandona la profundidad, la intimidad sustancial, el volumen. 
Sin embargo, en esta obra querríamos prestarle atención a la imaginación íntima de esas fuerzas vegetantes y materiales. Sólo un filósofo iconoclasta puede emprender esta pesada tarea; aislar todos los sufijos de la belleza, empeñarse en hallar, detrás de las imágenes que se muestran, las imágenes que se ocultan, ir a la raíz misma de la fuerza imaginante.
En el fondo de la materia crece una vegetación oscura; en la noche de la materia florecen flores negras.
Ya traen su terciopelo y la fórmula de su perfume.

II
Cuando empezamos a reflexionar sobre la noción de belleza de la materia, de inmediato nos sorprendió la carencia de la causa material en la filosofía estética. Sobre todo nos pareció que se menospreciaba el poder individualizante de la materia. ¿Por qué se une siempre la noción de individuo a la noción de forma? ¿No existe, acaso, una individualidad en profundidad que hace que la materia, en sus parcelas más pequeñas, sea siempre una totalidad? Pensada en esa perspectiva de profundidad, una materia es precisamente el principio que puede desinteresarse de las formas. No es la simple carencia de una actividad formal. Sigue siendo ella misma a despecho de toda deformación, de toda división. Por lo demás, la materia se deja valorizar en dos sentidos: en el sentido de la profundización y en el sentido del desarrollo. En el sentido de la profundización aparece como insondable, como un misterio. En el sentido del desarrollo, como una fuerza inagotable, como un milagro. En ambos casos, la meditación de una materia educa a una imaginación abierta. 
Tan sólo cuando se hayan estudiado las formas atribuyéndolas a su justa materia se podrá encarar una doctrina completa de la imaginación humana. Se hará evidente entonces que la imagen es una planta que tiene necesidad de tierra y de cielo, de sustancia y de forma. Las imágenes encontradas en los hombres evolucionan lenta, difícilmente y podemos entender la profunda observación de Jacques Bousquet: "Una imagen le cuesta tanto trabajo a la humanidad como un carácter nuevo a la planta." Muchas imágenes intentadas no pueden vivir porque son simples juegos formales, porque no están verdaderamente adaptadas a la materia que deben adornar.
Por lo tanto, creemos que una doctrina filosófica de la imaginación debe antes que nada estudiar las
relaciones de la causalidad material con la causalidad formal. Ese problema se plantea tanto al poeta como al escultor. Las imágenes poéticas tienen, también ellas, una materia.

III

Ya hemos trabajado sobre ese problema. En El psicoanálisis del fuego, propusimos marcar los diferentes
tipos de imaginación mediante el signo de los elementos materiales que han inspirado a las filosofías tradicionales y a las cosmologías antiguas. En efecto, creemos que es posible fijar, en el reino de la imaginación, una ley de los cuatro elementos que clasifique las diversas imaginaciones materiales según se vinculen al fuego, al aire, al agua o a la tierra. Y si es verdad, como pretendemos, que toda poética debe recibir componentes —por débiles que sean— de esencia material, es esta clasificación por los elementos materiales fundamentales la que deberá emparentar con más fuerza a las almas poéticas. Para que una meditación se prosiga con bastante constancia como para dar una obra escrita, como para que no sea tan sólo la fiesta de una hora fugitiva, debe hallar su materia, es necesario que un elemento material le dé su propia sustancia, su propia regla, su poética específica. No en balde las filosofías primitivas hacían a menudo en este sentido una elección decisiva, asociando a sus principios formales uno de los cuatro elementos fundamentales, que así se transformaron en marcas de temperamentos filosóficos.
En esos sistemas filosóficos, el pensamiento docto está ligado a una imaginación material primitiva, la sabiduría tranquila y permanente se arraiga en una constancia sustancial. Esas filosofías simples y poderosas
guardan aún fuentes de convicción, porque al estudiarlas nos encontramos con fuerzas imaginantes del todo naturales. Siempre nos encontramos con que tratándose de filosofía, sólo se logra persuadir sugiriendo ensoñaciones fundamentales, dándole a los pensamientos su camino de sueños. Aún más que los pensamientos claros y que las imágenes conscientes, los sueños están bajo la dependencia de los cuatro elementos fundamentales. Han sido numerosos los ensayos que han relacionado la doctrina de los cuatro elementos materiales con los cuatro temperamentos orgánicos. Así, un viejo autor, Lessius, escribe en el Arte de vivir mucho (p. 54): "Los sueños de los biliosos son sobre fuegos, incendios, guerras, muertes; los de los melancólicos, de entierros, sepulcros, huidas, fosas, de cosas siempre tristes; los de los pituitosos, de lagos, ríos, inundaciones, naufragios; los de los sanguíneos, de vuelos de pájaros, de carreras, festines, conciertos y cosas que no se osa nombrar." En consecuencia, los biliosos, los melancólicos, los pituitosos y los sanguíneos quedarán respectivamente caracterizados por el fuego, la tierra, el agua y el aire. Sus sueños trabajan de preferencia el elemento material que los caracteriza. Si admitimos que a un error biológico, sin duda manifiesto pero muy general, puede corresponder una verdad onírica profunda, estaremos prontos para interpretar los sueños materialmente. En ese caso, junto al psicoanálisis de los sueños tendrá que figurar una psicofísica y una psicoquímica de los sueños. Este psicoanálisis tan materialista se incorporará a los viejos preceptos que pretendían que las enfermedades elementales fuesen curadas mediante medicinas elementales. El elemento material es tan determinante de la enfermedad como de la curación. Sufrimos por los sueños y nos curamos mediante los sueños. En la cosmología del sueño, los elementos materiales siguen siendo los elementos fundamentales.
Creemos, de un modo general, que la psicología de las emociones estéticas ganaría si se estudiara la zona
de las ensoñaciones materiales que preceden a la contemplación. Se sueña antes de contemplar. Antes de ser un espectáculo consciente todo paisaje es una experiencia onírica. Sólo se miran con una pasión estética los paisajes que hemos visto primero en sueños. Tieck ha reconocido con toda razón en el sueño humano el preámbulo de la belleza natural. La unidad de un paisaje se ofrece como la realización de un sueño a menudo soñado, "wie die Erfüllung eines oft getraumten Traums" (L. Tieck, Werke, t. v, p. 10). Pero el paisaje onírico no es un cuadro que se colma de impresiones, sino una materia que cosecha.
Es comprensible, por lo tanto, que pueda relacionarse un tipo de ensoñación que rige las creencias, las pasiones, el ideal y la filosofía de toda una vida con un elemento material como el fuego. Tiene sentido hablar de la estética del fuego, de la psicología del fuego y aun de su moral. Una poética y una filosofía del fuego condensan todas esas enseñanzas. Ambas constituyen esa prodigiosa enseñanza ambivalente que sostiene las convicciones del corazón mediante las instrucciones de la realidad y que, viceversa, hace que se comprenda la vida del universo mediante la vida de nuestro corazón.
Todos los demás elementos prodigan semejantes certidumbres ambivalentes. Sugieren confidencias secretas y muestran deslumbrantes imágenes. Los cuatro tienen sus fieles, o, más exactamente, cada uno de ellos es ya, profunda, materialmente, un sistema de fidelidad poética. Al cantarlos creemos ser fieles a una imagen favorita, y en realidad somos fieles a un sentimiento humano primitivo, a una realidad orgánica primera, a un temperamento onírico fundamental.



"Ayudemos a la hidra a vaciar su niebla." [T.]



Fuente:
El agua y los sueños: Ensayo Sobre la imaginación de la materia / Gastón Bachelard. México: FCE, 2003.

Imagen:
Magic Mirror de M. C. Escher. Litografía, 1946

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